Rodrigo
vende helados en la capital del país, los famosos helados en bolsitas
que coloquialmente en algunos lugares del país llaman “cubos”. El año
pasado compraba el kilo de plátano y de azúcar en $400 aproximadamente, y
la bolsa para sus helados cercano a $500 las 100 unidades. Este año, el
kilo de plátano subió a cerca de $1.200 y el azúcar a $700, mientras
que sus bolsas subieron a un precio de $650 aproximadamente. Lo
anterior, sin contar el alza de la leche, el gas, la bencina y otros
insumos. La decisión evidente de Rodrigo fue la de subir sus precios, ya
que sus costos se encarecieron y para mantener un margen sostenible,
poder pagar sueldos y compromisos financieros, tuvo que encarecer el
precio de venta de sus helados, siendo sus clientes quienes ahora, para
comprar sus productos, deben pagar más. A este fenómeno económico se le
conoce como la inflación: el alza sostenida en el tiempo del precio de
los bienes y servicios.
La
inflación hace unos años no era una palabra considerada comúnmente en
las conversaciones familiares y de sobremesa, pero que hoy se han hecho
bastante común entre nuestras conversaciones cotidianas. Sale más caro
ir al supermercado, es más costoso producir productos, bienes y
servicios para los emprendedores y empresas, se encarece la vida, los
créditos, sube la UF y como decimos en buen chileno, tenemos que apretar
la billetera y ajustar el bolsillo porque la plata no alcanza como
antes. Bien dicen algunos que la inflación es el “impuesto a los
pobres”, porque son las personas de escasos recursos quienes más sufren
con el alza de los precios.
Este
es uno de los panoramas económicos que enfrenta nuestro país, y sus
causas ya se han explicado bastante: el IFE y los retiros de las cuentas
de pensiones de los trabajadores -que se podría agudizar aún más con un
cuarto retiro- han generado un exceso de circulante que repercute en la
economía y produce inflación. A tal punto, que el Banco Central esta
semana impulsó la mayor alza de tasa de interés en 20 años para tratar
contener las presiones inflacionarias, tratando de desincentivar el
exceso de consumo, pasando de una tasa del 1.5% al 2,75%, superando las
proyecciones que habían pronosticados algunos especialistas y
sorprendiendo al mercado. Incluso algunos Bancos como el Itaú y el
Santander aplicaron restricciones para los créditos hipotecarios,
disminuyendo el plazo a 20 años como máximo, aumentando las tasas y
elevando los costos de financiamiento. Consecuencia: dividendo más caro
para todos.
Como
se observa, la inflación no está lejana, la vemos y sentimos a diario.
Lo agobiante y penoso es que la crisis económica en nuestro país no solo
fue propiciada por medidas gubernamentales tomadas en la pandemia y la
demagogia del congreso, sino que también acarrea consecuencias de la
Insurrección del 18 de octubre del 2019 que terminó con la quema,
saqueos y destrucción de emprendimientos, empresas y empleos, donde
miles de personas se quedaron sin trabajo. Por otra parte, las
perspectivas financieras y macroeconómicas para el país son
desfavorables y pesimistas por la actual situación político-legislativa,
la crisis institucional, un débil Estado de Derecho, el terrorismo, la
violencia, la incerteza y temor por el proceso constituyente actual con
pretensiones totalitarias y refundacionales, y como si fuera poco, en el
tema electoral, asoma un candidato de talante totalitario e inexperto,
que ha mostrado su ignorancia en temas económicos. Gabriel Boric, que
aparece primero en las encuestas ofrece la receta para poner la lápida a
la economía y progreso de nuestro país, que ahuyenta a cualquier
inversionista y no da garantías económicas ni certezas para los próximos
años. La inflación hoy es una realidad, por ello debemos parar la
demagogia en el país.