La
Organización de las Naciones Unidas (ONU) advirtió que la prolongación
del cierre de escuelas en el mundo podría derivar en una “catástrofe
generacional”. El congelamiento de los procesos educativos en gran parte
del planeta, que integró el conjunto inicial de estrategias para frenar
la propagación del Covid-19, llegando a afectar a casi 1.500 millones
de estudiantes a nivel global —equivalentes al 90% de la población
escolar mundial—, amerita hoy una seria discusión. Todos anhelamos
volver a la normalidad, pero así como en Magallanes pensábamos en un
desconfinamiento y muchos
de nuestros escolares han retomado ciertas actividades, hoy con los
nuevos rebrotes en otras zonas del país se hace muy difícil imaginar que
en Chile se regrese a clases presenciales durante 2021. Los nocivos
efectos en la formación de capital humano y en el desarrollo de
habilidades sociales producto de detener los procesos educativos
amenazan con dejar secuelas permanentes sobre toda una generación,
especialmente en los países en desarrollo, donde antes de la pandemia ya
se experimentaban graves problemas de acceso y calidad de la enseñanza:
de acuerdo con datos del Banco Mundial, el 51% de los estudiantes de
naciones de ingreso bajo y medio no adquirían las habilidades básicas al
concluir la educación primaria. Tras lograr importantes avances en la
contención del Covid-19, diversos países han iniciado el proceso de
reapertura gradual de sus establecimientos educacionales. Las exitosas
experiencias de algunas naciones europeas y de Corea del Sur avalan la
posibilidad de volver a las aulas. Alemania y Austria, por ejemplo,
optaron por una reapertura gradual y por horarios, logrando así
disminuir el número de estudiantes por sala y, en consecuencia,
garantizar el distanciamiento físico. ¿Pero en Magallanes tenemos las
condiciones para lograrlo? Habrá que ver qué ocurre en los próximos
meses y cómo se viene el segundo semestre en materia educacional.