La prepotencia: mala consejera

Aznar,
ex Presidente del Gobierno Español, ha mostrado una cara que no es la
del pueblo que alguna vez representó. Sus palabras y actitud de desdén
cobran importancia, precisamente, por el cargo que detentó. Podremos
disentir del fondo de la discusión, pero no puede negarse que a muchas
personas, instituciones y Estados les resulta complicado afrontar su
pasado y las atrocidades cometidas. Cada uno espera que los trazos de la
historia desaparezcan y que se olvide de la conciencia colectiva
cualquier situación que pueda afectar sus imágenes.

Francia
pidió perdón por el uso de la tortura en la guerra de Argelia. Alemania
hizo lo propio con el Holocausto y el exterminio de los pueblos herero,
nama y san en Namibia. Reino Unido lo hizo con el pueblo kikuyo de
Kenia y Japón por las tropelías cometidas durante la II GM. En 2015, del
papa Francisco reflexionó por la acción de la Iglesia Católica durante
el proceso de colonización.

Pidiendo
perdón por abusos cometidos podríamos remontarnos a épocas remotas y
las cicatrices y llagas de tantos atropellos e injusticias están
visibles por todo el mundo. Muchas atrocidades han sido cometidas en
invasiones, guerras, colonización y destierros o son consideradas como
parte de un proceso de explotación comercial y no hay en el mediano
plazo una dimensión objetiva de medir y recapacitar. Cuesta reconocer
que aquello que pasó fue cruel, dañó a poblaciones completas, las
destruyó e impuso a sangre y fuego una idea del mundo que era buena para
los poderosos de entonces.

El
colonialismo belga salvaje en el Congo, la esclavitud a base de
habitantes africanos, la imposición de una religión y destrucción de una
sociedad mucho más avanzada que la española y de paso el genocidio de
todas aquellas que se consideraban razas inferiores, son hechos
imperdonables y los descendientes de sus causantes están al debe. Pasó
en nuestra tierra y nadie se preocupó porque era en el fin del mundo;
pasó en Norteamérica y sigue pasando en todas partes donde la corrupción
permite la floración de víctimas que quedan en el camino muertos,
lesionados o mutilados. Hoy estamos en el sometimiento de las
poblaciones a la pobreza económica y ese será la culpa sobre la que
habrá que perdonar al mercado.

El
acto del perdón es un hecho de contrición, pero más allá del concepto
religioso, en la actualidad está tratado de manera terapéutica.

El
proceso de perdón no implica el abandono de la búsqueda de la justicia
ni de dejar de defender los derechos, solamente se trata de no buscar en
ello un desahogo emocional, que implique que la búsqueda de la justicia
se convierta en el centro de las acciones y que dificulte avanzar en
otros intereses, objetivos y valores. El perdón no es un acto único que
se hace en un momento dado, es un proceso continuo que se puede ir
profundizando y completando a lo largo del tiempo. Por eso se dan varios
niveles de perdón que se pueden considerar como una serie de tareas que
van completando e incrementando el proceso hasta llegar al grado más
completo de perdón. Darle la importancia adecuada permitirá, sin duda,
avanzar hacia una solidaridad real, aquella que en Chile está lejos de
ocurrir por los pactos de silencio que de manera prepotente dividieron y
perdonaron por decreto a los atropelladores.

La
actitud de Aznar y la de los que le admiran y justifican es
prepotencia, y en vez de generar admiración produce repulsa porque
ofende. Hablar para agredir lo pone en posición de tener que pedir
perdón, pero no lo hará. Su arrogancia lo ahogará.

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