La prudencia no tiene derecho de autor

El encabezado de esta columna proviene del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile Sebastián Jans Pérez, y consideramos que es un poderosa reflexión para todos quienes, desde sus diferentes puestos y posiciones, estamos llamados a reconfigurar una patria digna, igualitaria, fraterna y sobretodo solidaria, en la medida que se hace imprescindible, una vez más en nuestra historia, el fortalecimiento de la integración vertical. En este sentido, vale la pena tener en cuenta los planteamientos y consideraciones que, en relación con la Prudencia, hace el mismo Gran Maestro en una reciente nota de prensa: “Si bien algunos pudieran creer que la prudencia es una virtud teologal, la propia secularización de los últimos siglos ha llevado a esta conducta a ser una virtud cívica de irrefutable eficacia. Surgida la prudencia con atributo social de la reflexión de la sabiduría antigua, y presente por cierto en Aristóteles, que la consideraba un modo de ser racional, relacionada con la disquisición de lo que es bueno o malo para las personas, ella quedó ligada a las cualidades de la sabiduría. Ser prudente pasó a ser virtud del hombre sabio. La secularización y la contemporización lejos de aquellas reflexiones clásicas, requieren de la prudencia en la práctica civil, en la necesidad de la construcción del hecho colectivo, especialmente cuando este se manifiesta en el ejercicio de la democracia. La democracia y las conductas democráticas exaltan la prudencia como virtud cívica manifestada conductualmente, porque ella permite ponderar adecuadamente –y ojalá con justicia- todas las decisiones, más aún cuando lo que es bueno para unos será seguramente malo para otros. Tal es que, frente a las acechanzas que marcan el tiempo histórico –políticas, sociales, sanitarias, medioambientales, económicas, mediáticas, etcétera- apelemos a la prudencia como una virtud personal que eduque y civilice al prójimo para bien de toda la sociedad”. En circunstancias que la sociedad chilena, en su conjunto, gira alrededor de una líquida realidad, y no se definen con claridad ni las causas ni los efectos de ese giro vertiginoso, resulta pertinente la convocatoria inclusiva a poner de relieve la sabiduría implícita en todo acto realizado desde la prudencia. El punto crítico de este planteamiento en apariencia simple, es como establecer la necesidad y, a veces, obligatoriedad, de la prudencia en un marco de urgencias, con demandas insoslayables, con violencia  en distintos rangos y niveles y con un dramático desajuste entre grupos dirigentes y conjuntos dirigidos. Las definiciones individualistas se están cruzando con fuerza, las polarizaciones ya están a la vista y esto hace urgente la generación de propuestas de futuro que realmente abran oportunidades y generen expectativas sin exclusiones, igualitaria y fraterna. Es evidente que ello requiere de mucha Sabiduría y, en consecuencia, de mucha Prudencia. En estos días cabe tener esperanza en que será esta cualidad, en conjunto con el respeto, el diálogo, y la necesidad de pensarnos y reflexionar sobre nuestros propios quehaceres, lo que nos permita encontrar un camino más en la búsqueda de esa sociedad justa y perfecta que pareciera tan distante de nuestra realidad.

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