En una generación y con el retorno a la democracia, transitamos desde el 26 de febrero de 1984, fecha del “Puntarenazo”,
donde los manifestantes nos amparamos y fuimos protegidos en la
Catedral de Punta Arenas, a la quema de una de sus puertas hace una
semana, a la cual cabe agregar el incendio, saqueo y destrucción de sus
símbolos en una barricada en el centro de Santiago, junto a rayados que
en otros tiempos habrían sido considerados heréticos, es que el
desprestigio y el desplome institucional de la Iglesia tocó fondo, ha
corrido igual suerte que las Fuerzas Armadas, Carabineros y el
Ministerio Público, proceso de desgaste y desplome institucional que
culmina con el absoluto descrédito del Congreso Nacional y el porcentaje
de adhesión más bajo que ha tenido un Presidente de la República en
Democracia.
Es
definitivamente un contexto desfavorable para la política, a lo cual se
suma una coyuntura internacional negativa, una guerra comercial que no
cesa, un endeudamiento público creciente y demandas sociales que se han
tornado insaciables. Es que por años el Estado subsidiario se ha
comportado como un dueño de casa insensible, que puede presumir de
nuevos servicios, bienes y adquisiciones, mientras tiene la familia
desnutrida, sin atención médica y en la ignorancia.
El
Gobierno no tiene muchas posibilidades de mejorar su posicionamiento,
para ello se requiere no sólo un mejoramiento de la imagen sino que de
las prácticas políticas y un desarrollo de las instituciones, cuando
estas no funcionan como consecuencia del desprestigio, es preciso
cambiarlas. El país no estaba de siesta, pero si las oligarquías
partidarias, no despertaron a tiempo y han sido sobrepasadas. La vía
institucional, desde el Congreso, se agotó, nadie reconoce a esta clase
política legitimidad, competencias e imaginación para hacer algo mejor,
el último gran intento concluyó con la reforma durante el Gobierno del
Presidente Lagos, pero se agotó, ya no da más el elástico, no existe
piso político, una nueva dilación que frustre las expectativas sobre una
asamblea constituyente hace previsible nuevos y más graves
levantamientos ciudadanos, cualquiera sea el futuro Gobierno. La calle
aprendió que sólo la quema es fecunda, ello no es sólo responsabilidad
del incendiario sino de quien lo ha permitido, posibilitando el desgobierno
Gran
parte del desgaste se debe a la frustración, a la caída de las
expectativas, a la convicción de que los tiempos mejores no llegaron,
excepto para los Bancos, para el capital financiero y grandes empresas
que apenas serán rozados por la reforma tributaria, que una vez más
terminará gravando el trabajo, así continuará no sólo la indignación
social sino que el desgaste irreversible de nuestra institucionalidad y
la polarización política, pues la historia nos enseña que aún los
privilegios más absurdos se defienden, no se entregan graciosamente.
La
crisis de las instituciones se sigue profundizando, no se detiene, y
alcanza niveles históricos desconocidos en nuestro país, así continuarán
las quemas, casi como una práctica a la cual se atribuyen efectos de
sanación, una suerte de sahumerio, porque no hemos visto a nadie
llorando por el incendio de un Banco, una AFP, o por como le quiebran
los vidrios a las grandes tiendas, una suerte de purga como la noche de
los cristales rotos un nueve de noviembre de 1938, en Alemania, pero
que en nuestra realidad nacional afectó a la Iglesia Católica, a la cual
considerábamos digna de todo el respeto de los chilenos, pero esta
consideración no basta con ganarla hay que conservarla y eso se
traicionó por el abuso y el encubrimiento. Esa conducta reprochaban los
incendiarios en sus rayados, así como el abuso de las AFP y de los
Bancos y el incendio de las dependencias de la senadora Jacqueline van
Rysselbergue, la misma que hacía unos días nos advertía de lo duro que
es tener un apellido que no es Tapia ni González sino que Salaberry, y
defendía la dieta parlamentaria para que no llegue cualquier patipelado
al Congreso, el problema es que éstos no quieren llegar al Congreso sino
quemarlo y comenzaron con su oficina.
O
sea, las quemas pueden ser espontáneas y consecuencia de esa tercera
personalidad que adquiere la muchedumbre, pero no son ciegas ni obra de
alienígenas, sino que por el contrario, son obra principalmente de
jóvenes, que en una multitud, experimentan dramáticas alteraciones en el
ámbito volitivo, emotivo, valorativo y aun racional, que se ven
reflejadas en su comportamiento externo. Así, involucrados en una
estampida o sublevación, al interior de una muchedumbre en la que se ven
involucrados por su voluntad o a la que son arrastrado por
circunstancias no dependientes de si mismos, dan rienda suelta a
prácticas tan atávicas como destructivas,
resultando del todo insuficiente calificarlas caso a caso, como actos
individuales puramente delincuenciales, las quemas son algo más que eso.