La razón al servicio de la vida humana (*)

Está
claro que quienes están a favor del aborto directo en cualquiera de sus
formas y circunstancias les atribuyen más valor a los adultos que a los
seres humanos en el seno materno. Así las cosas los débiles quedan al
arbitrio de los fuertes. Esta manera de percibir la realidad del embrión
es fruto de la carencia de un pensar auténticamente metafísico, el cual
ha sido reemplazado por un pensamiento de corte utilitarista. A ello se
suma el emerger de la autonomía y la subjetividad del adulto al punto
de atribuirse el derecho de darle valor a la realidad del ser humano en
gestación y de formar un conjunto de normas morales y legislativas a
partir de ellas. Detrás de ello se esconde un gran escepticismo frente a
la posibilidad de conocer lo real y la verdad que lleva grabada y de
reconocerla. Bajo estas condiciones el anhelo de buscar la verdad y de
poder encontrarla, se ve amenazado. Este anhelo es un gran patrimonio
que debemos cuidar y promover porque incluye a creyentes y no creyentes y
tiene valor universal, venga de donde venga. Los creyentes vemos en
ello, como dice Santo Tomás, un don del Espíritu Santo.

Existe
una gran desproporción entre los beneficios que puede significar un
hijo menos que alimentar y educar, evitar una situación de desequilibrio
sicológico a una mujer que no desea un embarazo, o su vida está en
peligro, o “salvar su honra” si fue violentada sexualmente, y terminar
con la vida de un ser humano inocente. Este hecho no es más que la
negación del derecho básico que tiene todo ser humano a que se le vea
respetada su vida, y de modo especial, si es inocente. Partiendo de la
base que todos los seres humanos somos iguales en dignidad (y los que
están por nacer lo son), no hay razón alguna que justifique este hecho.
Insisto en el siguiente punto: terminar con la vida de un ser humano no
nacido es atribuirse el derecho de decidir que esa vida no merece ser
vivida. ¿Quién osaría a ello? ¿No es acaso una arrogancia de los fuertes
respecto de los débiles?

Tengo
la impresión de que muchos de los que pretenden despenalizar el aborto
“terapéutico”, el aborto en caso de violación o en caso de
malformaciones graves, lo que quieren es liberalizar el aborto bajo
cualquier condición tal como ha acontecido en muchos lugares del mundo. Y
es bueno que lo digan abiertamente para sincerar el diálogo. Las
estadísticas de los propios países donde el aborto es legal lo
confirman,

No
he usado el argumento de que una ley que despenalice el aborto en Chile
es de suyo inconstitucional porque la Constitución protege la vida del
que está por nacer. La razón de ello es que si se llegara a cambiar la
Constitución de la República de Chile y fuese legal el aborto, igual
estaría defendiendo la vida del aún no nacido porque el derecho a que
ella se vea respetada es anterior a cualquier ley o constitución. Es un
valor que surge de la naturaleza humana, que es anterior al Estado y las
leyes. Porque somos, es que podemos legislar y no al revés, es decir,
no son las leyes de suyo las que nos van a decir quiénes somos.

Le
pido a los católicos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad
que trabajen arduamente a favor de la vida. Para ello es importante
educar especialmente a los jóvenes a que descubran el valor de su propia
vida, incluso en medio de dificultades. Jesucristo nos dio el ejemplo
dando su propia vida por cada uno de nosotros y declarándose el Camino,
la Verdad y la Vida. También les pido que sean promotores de darle a
cada persona una mejor vida. Muchas veces los abortos que se procuran
mujeres de manera clandestina se deben a la desesperación, a la soledad,
al poco apoyo del padre de la creatura, de la familia y de la sociedad.
Promover la vida es una forma eximia para superar la pobreza económica y
espiritual en la que nos encontramos.

Quisiera
invitar a estudiar estos temas para abordarlos desde la ciencia y la
filosofía de manera adecuada y jamás caer en la tentación de la
descalificación que solo genera más incomprensiones y menos posibilidad
de acercamiento entre todos a quienes nos interesa abordar este tema de
manera responsable. A los católicos los invito a que junto a ello
descubran con nuevo ardor la belleza del Magisterio de la Iglesia
Católica en relación con la promoción y la defensa de la vida. Le pido a
los legisladores que mediten profundamente su actuar en esta materia,
dado que es un camino que una vez emprendido es sin retorno y solo nos
llevará a una cultura de la muerte como lo vemos en tantos países del
mundo. En esta hora dejémonos iluminar por el Espíritu Santo para que
nos regale sabiduría y ciencia para dar argumentos convincentes a favor
de la vida humana. Y ello urge porque lo que está en juego es, ni más ni
menos, que la vida de uno de los nuestros.

(*)
Versión tomada de las Conclusiones de la Carta Pastoral a los creyentes
y no creyentes de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción y de la
Diócesis de Osorno, julio 2014.

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