La
religión de los datos o el dataísmo, es lo que el historiador y
escritor israelí Yuval Noah Harari ha denominado, irónicamente, a la
sustitución de Dios y el hombre, por los datos. Los datos serían el
nuevo dios del hombre. Todo gira en torno a ellos. Una muestra de esto
son los popularizados Modelos de Lenguaje de Gran Tamaño (LLMs, por sus
siglas en inglés) que son entrenados con gigantezcas bases de datos, y
sus aplicaciones de Inteligencia Artificial (IA) Generativa como
ChatGPT, Gemini o Llama. Si en los últimos veinte años Google nos
permitió buscar información, ahora los chatbots nos permiten “crearla”.
Los
datos ayudan en la predicción de patrones de compra de los consumidores
en el retail, supermercados y tiendas online. Alimentan algoritmos de
búsqueda y visualización de contenido en redes sociales y plataformas
streaming. En la producción de vinos se incorpora la IA para predecir el
tiempo de fermentación o disminuir la cantidad de agua utilizada en el
riego. En cada Tesla, un software permite responder rápidamente
aprovechando datos, información e IA para ajustar elementos del
vehículo, como el sistema hidráulico y frenado regenerativo, reduciendo
así el riesgo de accidentes y mejorando la seguridad. Y sin ir más
lejos, en las góndolas de supermercados tenemos a NotCo, la foodtech
nacional que elabora sus productos con IA como la famosa Notmayo o
Notmilk.
La
vida, el estudio, el mercado, las empresas, parecen no poder escaparse
de este dataísmo. La cantidad de datos que deben manejar las
organizaciones no sólo sirven para controlar y gestionar recursos, sino
que los datos en su consecuencia lógica se transforman en información,
ésta en conocimiento, y el conocimiento se utiliza para la toma de
decisiones. Es decir, el uso de los datos es una ventaja competitiva que
las empresas y organizaciones no pueden ignorar.
Sin
embargo, su implementación debe pensarse con cuidado. Existe el riesgo
de desviarse hacia un utilitarismo radical, pasando por alto el único
recurso vivo en las organizaciones: el talento humano. Hay desafíos
éticos que no se pueden ignorar, pues la IA está inmersa también en los
procesos de reclutamiento y selección a través de algoritmos que
predicen emociones y rasgos en las entrevistas, e incluso, pueden
vincular características de los postulantes con los requerimientos y
perfiles de cargo que poseen las empresas.
Los
datos tienen la inquietante capacidad de ser utilizados para predecir
el comportamiento de los individuos y de los equipos, es decir, un
“comportamiento organizacional predecible” que nos invita a cuestionar
reflexivamente el cómo mirar a los colaboradores, socios y clientes sólo
a través de los datos.
El
dataísmo puede reconfigurar nuestra subjetividad y, con ello, tiene el
potencial de afectar emociones, estados de ánimo y percepciones dentro
de las organizaciones. Es importante no deshumanizar la gestión y los
procesos, lecciones más que aprendidas tenemos del hombre como apéndice
de la máquina desde la primera revolución industrial. La adaptación debe
hacerse con premura, pero también con prudencia en el uso, manejo y
propósito de los datos, sin olvidar que las personas siempre son lo más
importante.