La República a la guillotina, ¡larga vida a la República!

Cuenta
la historia que el 10 de octubre de 1789, meses después del estallido
de la Revolución francesa, la Asamblea General aprobó la nueva
titulación del soberano: “Luis, por la gracia de Dios y la ley del
Estado constitucional, Rey de los franceses”. Con ese acto, el monarca
dejaba de ser el Rey de Francia, una monarquía de derecho divino
“cuyo
único juez es Dios”, como decía el Rey Sol. Ahora, en cambio, la
Asamblea Constitucional dejaba todo eso atrás y el título de soberano
pertenecía a los franceses y a ellos les debía lealtad.

Meses
después, caído en desgracia ante su pueblo tras un fallido escape, Luis
XVI moría guillotinado el 21 de enero de 1793. Su esposa y su hijo
mayor, tampoco sobrevivirían a la revolución.

Nacía así la República francesa.

¿A
qué viene esto?, pues bien, para nadie es un misterio que Chile se
encuentra en un momento decisivo de su historia, con un proceso
constitucional en marcha y un abultado calendario electoral que, con
toda seguridad para bien o para mal, definirán el camino que seguiremos
como nación en los próximos años, nos guste o no.

Y
digo ello, porque los encargados de tomar estas decisiones no serán los
ciudadanos, sino los políticos ya electos o que se están por elegir.
El proble
ma
es que detrás de las promesas de traer “dignidad y derechos”, cual
cantos de sirenas, suelen esconderse agendas propias ocultas u otras que
no lo son tanto.

Y
una de las muestras más evidentes de esta agenda propia de los
políticos es la eliminación del concepto “República de Chile” en el
reglamento de la Convención. La medida fue aprobada por la subcomisión
de Estructura y Reglamento de la Convención Constitucional y ratificada
esta semana por la Comisión de Reglamento. El artículo en cuestión quedó
así: “El reglamento tiene por objeto establecer la organización, el
funcionamiento y los procedimientos de la Convención Constitucional de
los pueblos de Chile”.

Para
sus defensores, se trata de abrir paso a la construcción de un estado
plurinacional que rompa la idea de república unitaria como encarnación
de un único pueblo chileno, que ha caracterizado a nuestro país, desde
su independencia. La creación de un estado plurinacional, en cambio,
terminaría así con la exclusión de los pueblos indígenas, cuya lucha se
convirtió en el estandarte simbólico del estallido social desatado el 18
de octubre de 2019,plantean los impulsores de este cambio.

Pero
ya que nos acordamos de ese estallido que tanta violencia y sueños
generó, ¿alguien recuerda algún letrero en esos días que dijera
“eliminen la república de Chile?”. Yo no lo recuerdo. De hecho, ni
siquiera recuerdo alguno que dijera “queremos una nueva constitución”.
Solo recuerdo destrozos y demandas de mejores pensiones y mejor salud,
así como un odio enfermizo de algunos que escribían en las calles de
Punta Arenas, grafitis como “tu paz me violenta” y llamados a destruirlo
todo.

La
mayoría de los que marchaban, en cambio, querían simplemente un mejor
futuro para ellos y sus hijos y la inmensa mayoría de ellos se apresta
hoy, en medio de la tregua que nos dio la pandemia, a celebrar las
Fiestas Patrias, engalanar sus casas con la bandera chilena, escuchar
tonadas, chamamé y el himno de Chile, comiendo empanadas y un rico
cordero, acompañados de un buen vino, junto a sus familias. ¿Y todo ello
para celebrar qué?, la independencia de Chile, de la República de
Chile.

Pocos
países en el mundo celebran con tanto afán sus fiestas patrias como los
chilenos y de ello dan fe, con asombro, cientos de videos extranjeros
en Youtube. Pero es esa alegría, precisamente, lo que indigna a algunos
que sólo sueñan con arrasar todo a su paso y partir de cero. Y
nuevamente se me vienen a la mente esos grafitis que aún siguen en
nuestras paredes. “Tu paz me violenta, que arda todo”.

Muchos
le dieron alas a aquello, al plantear de entrada, en la primera sesión
de la Convención Constitucional que no se cante el himno nacional, ese
mismo que tantos chilenos han cantado por décadas en la escuela y luego,
como un gesto de orgullo y desafío, en partidos memorables como ese día
en Brasil cuando los españoles campeones del mundo entraron derrotados a
la cancha, ante la fuerza de las estrofas escritas hace casi dos siglos
por Ramón Carnicer y Eusebio Lillo y coreadas por miles de chilenos en
el Maracaná. “Nos han ganado en el himno, nos han ganado en el himno”,
decía un comentarista español.

Otros,
en cambio, prefieren restarle importancia al asunto. Es solo el
reglamento de la Convención, dijo uno de los coordinadores de la
subcomisión, quien recuerda que el artículo 135 de la ley 21.200
explicita que la nueva Constitución no puede cambiar su calidad de
República, ni modificar el sistema democrático. “El carácter de
República es porque no somos una monarquía, así de sencillo. No le daría
un mayor significado en esta fase del debate”, señaló.

Ojo, “en esta fase del debate”.

Porque
la decisión de la Convención Constitucional al eliminar la expresión
“República de Chile” y el interés planteado por otros constitucionales
de eliminar el himno, augura un futuro ominoso. No es verdad que se deba
eliminar la expresión “República de Chile” para declarar un estado
plurinacional, si el país llegara a considerarlo necesario, cosa que no
comparto porque, a fin de cuentas, todos somos chilenos. Pero no, para
la izquierda radical esa definición de que “todos somos chilenos”, nunca
les ha cuadrado, porque lo único que importa es crear chilenos de
primera, segunda y tercera clases, diferenciados ya no como individuos,
sino por su cercanía o distancia a la estructura partidaria que
pretenden imponer. Pues, ¿quién sino el Estado y los políticos definirán
aquellos distintos pueblos, esos distintos “Chile” incluidos ya en la
orgánica constituyente y que serán parte de esta nueva nación que ellos
pretenden moldear a través de la futura Constitución?

Pero incluso si aceptáramos que hay distintos pueblos
en Chile, ¿por qué eliminar “República de Chile” si esa palabra no
obsta en absoluto a un eventual estado plurinacional, como han sostenido
destacados abogados constitucionalistas?

Porque
aunque parezca increíble, en los hechos, en su misma práctica política,
la izquierda más radical siempre ha tendido a la creación de monarquías
y dinastías absolutas. Y no hablo del “rey del Mote con Huesillo” o el
“rey de la chatarra”. Porque ¿qué otra cosa sino son las dictaduras de
Chávez y su heredero Maduro?, ¿el fracasado autogolpe de Evo Morales
desconociendo la votación popular?, ¿las practicas dictatoriales de
Noriega?, ¿la dinastía de los Castro en Cuba y la de los Sung en Corea?,
¿por qué Daniel Jadue insistía tanto en que Venezuela no es una
dictadura, a pesar de las graves violaciones a los derechos humanos
denunciadas por la Alta Comisionada de los Derechos Humanos de la ONU,
Michelle Bachelet? o, incluso, la propia creación estética de una
dinastía política, sucesora en el imaginario popular argentino de Eva
Perón, a través de una Cristina Fernández de Kirchner, enfrascada en su
deseo de manipular la justicia de su país a su favor?

Algunos,
torpemente, estúpidamente, hasta ya se anticipan y lo dicen
abiertamente, como la candidata al Senado Ana Vergara del partido,
escuche bien, Igualdad, quien planteó esta semana que Chile d
ebía convertirse en monarquía.

En
Chile, es muy posible que lo que hoy apruebe la Convención, mañana se
escriba a fuego en la Constitución y entonces, la exclusión de la
expresión “República de Chile” dará paso en los hechos mas no en las
palabras, a una nueva monarquía devenida prontamente en dictadura.

Porque
en la práctica, ya vivimos bajo una dictadura, una despiadada dictadura
del lenguaje y las formas políticamente correctas. A través de ellas,
la izquierda ha logrado legitimar funas, acosos y hasta amenazas y
agresiones directas de todo tipo a quien ose defender en público una
mirada conservadora, neoliberal, religiosa o individualista, diferente
de su proyecto de “dignidad y derechos”. La frase “Lo que tu dices y lo
que tú eres, me violenta”, lo justifica todo.

La
República francesa nació con la muerte de un rey en la guillotina. En
Chile, en cambio, podríamos ver un ejercicio inverso, donde quien es
llevado hacia la muerte no será un rey, sino principios tan esenciales
como

la libertad y la democracia, sacrificadas en la guillotina de la
opinión pública alentada por las masas furiosas legitimadas por un
lenguaje dictatorial, revestido de inclusivo, pues la República habrá
muerto.

Yo en cambio digo: ¡Larga vida a la República de Chile!

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