El poder emborracha si no se conduce, dicen en política. La actual generación que está en el gobierno, o sus principales protagonistas, nos hicieron ver que ellos representaban la nueva escala de valores, la nueva forma de hacer política.
Alimentados en su propia idolatría, aplaudieron a la primera línea en el pleno del estallido social y en ocasiones validaron la violencia como método de herramienta social “¿Cómo quieren que no lo quememos todo?”, llegó a decir la diputada que hoy se ve involucrada en el caso convenios, caso presunto de corrupción. Esa generación tampoco dudó en sepultar a sus padres, atacando y condenando a la generación anterior y despreciando los 30 años. Quien diría que, hoy en día, lograron todo lo contrario en una gran mayoría de Chile: que se valore lo obrado por la generación que los antecedió y que exista un regreso nostálgico al deseo de los tiempos de la moderación, la seguridad y las certezas.
El caso democracia viva dejó al gobierno en su línea de flotación y sepultó el último bastión que les quedaba como coalición: la superioridad moral. La resaca de esa borrachera del poder ha sido muy fuerte para quienes hicieron de la ética su mayor instrumento político. No hay que olvidar que, en primera instancia, miembros de la coalición oficialista calificaron el hecho como un error, como una falta de criterio, usando un lenguaje político que buscaba magullar el buen trabajo de un medio de comunicación regional que destapó el caso. Lenguaje político inicial que ejecutaron para relativizar y seguir defendiendo el concepto de una generación distinta. Esto va mucho más allá de una arista penal, el daño a la institucionalidad política no es menor: pasar del bochorno de una generación del financiamiento ilegal de la política a una generación entre amigos y del trato directo.
¿Qué legado están dejando quienes dijeron que iban a cambiar la política? El fin de la superioridad moral.
El gobierno va a tener que cambiar su forma de tramitar sus reformas prioritarias, si aún estima la necesidad de llevarlas a cabo. ¿Qué espacio queda, después de democracia viva, para una reforma tributaria? ¿Con qué espacio van a seguir utilizando la excusa o condicionando todo a la reforma tributaria? Ningún espacio de negociación para el ministro de Hacienda Mario Marcel mientras no se aclare el uso de recursos públicos. Será un camino difícil para el ejecutivo hacer cumplir las últimas promesas de la cuenta pública, ya con una lista de incumplidos corriendo. Para llevar adelante sus reformas van a tener que ceder, conversar y lograr acuerdos. De lo contrario, el máximo legado que van a seguir pavimentando es que el año 2026 le van a entregar el gobierno en bandeja a la Ultraderecha en Chile, ni siquiera a la derecha convencional.