La revolución se comienza a resquebrajar

Lo
primero que uno nota al salir del avión en el Aeropuerto de La Habana,
es el radical contraste entre el aire que se respira dentro de la
aeronave y el envolvente y cálido tufillo que humedece el cuerpo al
apenas asomarse. En mi visita a la isla, hace algunos años, intenté
escapar testarudamente de esa sensación de permanente transpiración a la
que no estaba acostumbrado. Solo una constante exposición al aire
acondicionado de la habitación del hotel impedía, por algunos minutos,
evadir la pesada atmósfera cubana.

Aquella
brisa cargante y fastidiosa no era más que una metáfora de lo que, en
muchos sentidos, se puede hallar en la capital de la isla. Las grandes
estructuras dominan buena parte de los lugares céntricos de la ciudad.
Su aspecto, el de las construcciones, no oculta el sufrimiento y el
deterioro al que por años ha sido sometido el pueblo cubano. Los
edificios, descascarados y resquebrajados, parecieran vivir en el
intento por sostenerse a sí mismos y no colapsar frente al peso del
desgastado hormigón que los abruma. Si bien hay edificaciones
cuidadosamente pulidas y relucientes, como la de la Universidad de La
Habana; y sectores que parecieran haber sido diseñados para enmarcar, en
los cuales resalta una auténtica belleza panorámica y arquitectónica,
estos no hacen más que resaltar el desgaste de la urbe en la cual viven
los habaneros.

Para
atestiguar la escasez de productos básicos no es siquiera necesario
inmiscuirse en conversaciones ajenas o recorrer las calles de la ciudad.
Basta con pararse en una esquina o al frontis del hotel y esperar un
par de segundos. Como mucho, minutos. Al poco rato algún ciudadano, con
ánimo de negociación, se acerca a evaluar sus posibilidades de trueque.
Un libro o billete del Che Guevara, una postal, una artesanía, o
cualquier recuerdo que uno pudiese llevar de la isla a cambio de unos
cuantos CUC (Moneda cubana) o algún producto del hotel. A pesar de las
restricciones de la dictadura, los cubanos despliegan unas habilidades
de comerciantes que ya se las quisiera cualquier empresa capitalista. La
necesidad, seguro, los ha llevado a eso.

Los
niños descalzos, los endebles vehículos artesanales, las calles
polvorientas y un sinnúmero de otras características destacan en La
Habana. Particularidades que, por cierto, el Granma, diario oficial del
Partido Comunista Cubano, no hace notar en sus escasas páginas.

Las
noticias del día domingo –las masivas protestas contra el régimen-
inevitablemente me hicieron recordar aquella fugaz visita. Díaz-Canel ya
manifestó su disposición a reprimir con todo el aparato del Estado, y
es probable, de hecho, que logre dispersar la protestas y contener la
revuelta. Sin embargo, la tecnología y el acceso a la información de los
cuales hoy disponen los cubanos, marcan un punto de inflexión entre la
relación que hasta hace muy poco tenía la dictadura con sus ciudadanos.
El monopolio noticioso se les escapó de las manos, al igual que la
capacidad que tenían para permear a su antojo las conciencias que
gobernaban. Así, al igual que sus edificaciones, la ya anticuada
revolución se comienza a resquebrajar.

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