La tormenta perfecta

Cuando Trump y Xi Jinping anunciaban el fin de las hostilidades comerciales devolviéndole el aliento a la economía mundial, un nuevo Coronavirus llamado Covid-19 brotó y comenzó a esparcirse a los cuatro vientos por el mundo, colocando en jaque los sistemas de salud, gobiernos y OMS. Es así como, Estados Unidos canceló los vuelos hacia Europa.

Italia aplicó restricciones de viaje y la prohibición de reuniones públicas. Las ligas de fútbol y grandes eventos se cancelan por doquier. China y Corea del Sur evidencian una menor tasa de contagios, después de haber puesto en práctica draconianas medidas de contención.

A medida que el virus se propague, la posibilidad de una pulmonía a la economía mundial se incrementa, y si bien el Coronavirus no representa un riesgo de muerte evidente para la mayoría de las personas, muchos verán morir a personas queridas. A nivel doméstico, nos encontramos en fase dos o de dispersión comunitaria y ad portas de pasar a fase tres, que es cuando la enfermedad se transforma en epidemia con un gran número de contagiados en el país. En este caso, el Minsal deberá intensificar medidas restrictivas que alterarán la normal vida de los chilenos.

Paralelamente, hace cinco meses que nuestro país está sumido en marchas y protestas, acompañadas de una profunda alteración del orden público producto de actos delictuales de grupos extremos azuzados por una izquierda no democrática. Asimismo, hoy nos encontramos envueltos en un plebiscito constitucional, el cual nunca estuvo entre las prioridades de los chilenos como tampoco fue materia programática del Gobierno elegido por casi el 55% de los ciudadanos hace dos años.

Es un hecho que el plebiscito tensiona aún más la convivencia nacional y resta fuerzas de todos para subsanar la real demanda social de la gente por mejores pensiones, mejor atención de salud, educación de calidad y derecho de vivir en paz en nuestros barrios. Mientras la izquierda justifique o rechace tibiamente la violencia y su extremo no esté dispuesto a respetar las reglas de la democracia (excepto cuando les conviene), mientras el Gobierno no sea capaz de imponer el orden público, mientras un sector de chilenos no recupere la capacidad de dialogar y respetar la institucionalidad, mientras los vociferantes crean que la manera de alcanzar sus objetivos es amedrentando al que piensa diferente, mientras los jóvenes sigan siendo terreno fértil de ideologías fracasadas y culpen a las anteriores generaciones de heredarles un “Chile miserable” por lo que vale la pena destruirlo para refundarlo, mientras ingenuamente se crea que una nueva constitución profusa en derechos sociales y gratuitos será la solución a los problemas, lo único que tendremos por delante es la disminución de la calidad de vida de los chilenos.

Se están dando todas las condiciones para que se forme la tormenta perfecta, con variables externas fuera del alcance de nuestro control, pero también las condiciones internas no hacen más debilitarnos frente a la tempestad. Los principales damnificados serán los propios chilenos, y solo cuando la tormenta amaine, el mundo desarrollado volverá a la normalidad y senda de progreso, mientras los chilenos habrán hipotecado la oportunidad de convertirse en la añorada copia feliz del Edén. 

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