Las
claras y positivas ventajas que trae un período de verano sobre el modo
de ser de las personas, aún en estado de pandemia palpable y dramática y
pese a otras crisis guardadas momentáneamente, quizás permitan valorar
la trascendencia y profunda importancia que tienen para el desarrollo de
la humanidad globalizada todos los elementos naturales involucrados en
nuestro entorno inmediato y también distante. Es posible que en estos
periodos festivos, durante los cuales adicionalmente solemos afianzar
las confianzas individuales y las colectivas, surjan preocupaciones
genuinas a nivel de individuos y confiamos que también a nivel de élites
dirigenciales, acerca del medio ambiente que nos acoge y nos facilita
la sobrevivencia a través del aporte de innumerables servicios
ecosistémicos normal y naturalmente gratuitos, las cuales esperamos se
logren plasmar en iniciativas concretas orientadas a salvaguardar el
futuro no solo del ambiente y de las especies, sino que el de la
humanidad en su conjunto. Esto es pensando en que aún se mantiene en
vigencia la percepción de que la naturaleza, esa conjunción evolutiva de
ambientes y seres vivos, es un bien disponible para cada ser humano,
sin exclusiones.
Con la creciente individualización
de las obligaciones y deberes comunes en prácticamente todas las
facetas del quehacer humano, no nos hemos percatado suficientemente de
que lo que todavía estamos entendiendo como una naturaleza abierta y
disponible para el disfrute y el cuidado de todas y de todos, se ha ido
sometiendo a un largo proceso de apropiación del espacio y que, a la
vez, se traduce en una apropiación de los recursos terrestres y
acuáticos. Cada vez más superficie del planeta Tierra está siendo
apropiada y ha dejado de ser, en muchos casos, de uso común. La mayor
parte de nuestro planeta ya es propiedad legal de entidades
intersubjetivas no humanas, es decir, naciones y compañías o empresas,
quizás como una consecuencia lógica de la llamada “Tragedia de los
Comunes”, que establece que los recursos de la naturaleza de uso
colectivo inevitablemente derivan en una sobreexplotación y, a largo
plazo, son destruidos y agotados. En este momento, cuando en el país
está lanzado un gran desafío de rediseño en la distribución del poder y
de adecuación social a una nueva realidad construida por la pandemia, se
abre un espacio oportuno para una revalorización de la relación
humano-naturaleza, cuyo objetivo podría ser debatir la posibilidad de
realizar en la sociedad industrial una gestión eficaz de los bienes
comunes en beneficio de todos, y que se atreva incluso a reintroducir el
debate sobre las posibilidades de explotación colectiva de los
recursos, presentando una alternativa a los planteamientos actualmente
dominantes que magnifican y sacralizan el principio de lo individual.
Tal como señalara el Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, aún se
requiere de un enorme esfuerzo para construir una ética de la vida, que
involucre a todos los seres humanos en la preservación del planeta que
nos cobija, aún con nuestros excesos. Ello requiere sin dudas una mirada
desde la razón para lograr un consenso colectivo, fundado en la
fraternidad inter-generacional, acerca del valor incalculable que tiene
la conservación de las interacciones naturales para las generaciones futuras.