No
es ningún secreto que las emociones ocupan un lugar privilegiado en
nuestras preferencias políticas, teniendo un efecto muchas veces más
potente que la consideración cuidadosa y ponderada de argumentos. El
poder de las emociones tiende a acentuarse en circunstancias de crisis
política y polarización como la que vive nuestro país, en las cuales,
paradójicamente, es aún más necesaria la reflexión y el análisis. Desde
la izquierda han entendido a la perfección cómo funcionan las emociones,
cosechando réditos políticos de durante las últimas elecciones. Sin
embargo, en una votación tan importante como el plebiscito que decidirá
el futuro de la Nueva Constitución, donde existe mucho en juego, hay
buenos motivos para sopesar razones y decidir informadamente.
Uno
de los motivos por los cuales es efectivo apelar a las emociones es que
éstas tienden a simplificar la realidad, recurriendo muchas veces a la
dicotomía entre lo bueno y lo malo. Esto lo supo explotar de muy buena
manera el oficialismo en la última elección, cuya campaña bien se puede
resumir bajo el slogan “que la esperanza le gane al miedo”, donde
esperanza era igual a bueno y miedo equivalente a malo. Esta campaña
resultó ser muy efectiva, llevando a Gabriel Boric a la presidencia.
Algo
similar es esperable de cara al plebiscito de septiembre. Constitución
del 80, elaborada en dictadura, igual a malo; Nueva Constitución,
representa el “nuevo Chile” (cualquier cosa que esto signifique), igual a
bueno. Obviamente esto es una simplificación, no solo porque la
Constitución del 80 ha sido objeto de múltiples reformas, sino porque el
origen de una constitución no necesariamente habla de la calidad de su
contenido. Si fuese por eso, países como Alemania y Japón, cuyas
constituciones fueron impuestas por Estados Unidos una vez finalizada la
Segunda Guerra Mundial, deberían haber abandonado sus constituciones
hace mucho tiempo. Sin embargo, ambas constituciones gozan de
legitimidad en sus respectivos países.
Las
emociones también son potentes en política cuando apelan a nuestra
identidad individual. Así, la dicotomía de cara a septiembre será: si
eres de izquierda, tienes que aprobar, porque es obvio que “izquierda
buena y derecha mala”. La apelación a la identidad es particularmente
poderosa en las elites politizadas que son relativamente inmunes a las
consecuencias materiales que puede significar tomar una mala decisión a
nivel constitucional. Esto explica, por ejemplo, que existan personas de
izquierda que, teniendo una posición muy crítica respecto a la Nueva
Constitución, decidan apoyarla de todas formas. Después de todo, habría
que entrar a justificar frente al grupo cómo es que uno puede ser de
izquierda y votar rechazo. Por el contrario, la apelación emocional a la
identidad no es tan poderosa en la gente común y corriente, usualmente
menos politizada, y que tiene más motivos para preocuparse por su
situación material futura, ya que es la principal afectada cuando la
política y la economía van mal.
Sin
embargo, mientras la batalla política se juega en el plano de las
emociones, hay un texto que deberá ser votado en septiembre, el cual
contiene deficiencias que deberíamos tomarnos en serio al momento de
concurrir a las urnas. Dentro de ellas, quizás las más relevantes son la
infracción a la igualdad ante la ley por todos los privilegios
concedidos a la ahora “nación mapuche”, un sistema electoral que
tendiende a la fragmentación e ingobernabilidad y escaños reservados a
los pueblos originarios diseñados de tal forma que seguramente cargará
el poder hacia el lado de la izquierda, como ya sucedió con la
Convención. Estas deficiencias pueden no ser tan evidentes si uno se
queda en el plano de las emociones y le hace el quite al texto. En ese
sentido, no parece una casualidad que en la encuesta Pulso Ciudadano
publicada hace unos días el rechazo crezca al 63% entre las personas que
han leído el texto completo.
Leer
el texto es posiblemente nuestro deber más importante de cara a al
plebiscito de septiembre. Esto permite no quedarnos solo en las
emociones y juzgar por nosotros mismos si la Nueva Constitución es mejor
que la actual. Para esto, convendría sopesar que la actual
Constitución, con todas sus deficiencias, fue el marco jurídico bajo el
cual Chile disminuyó radicalmente la pobreza; permitió no solo avanzar
en derechos sociales, sino que también en el reconocimiento de distintas
minorías y disidencias; y, quizás lo más importante, permitió la
alternancia pacífica del poder. No parece ser poca cosa.