El
principal argumento de los impulsores de la llamada nueva constitución,
es el desarrollado por Fernando Atria en su libro “La constitución
tramposa” para referirse a la actual carta fundamental que al menos
nominalmente aun nos rige, es que ésta contiene trampas que impiden o
dificultan su cambio. Sin embargo, la realidad y los hechos demuestran
exactamente todo lo contrario, ya que de otra manera no se explica que
ellos, los deconstructores del país y las instituciones, estén hoy en el
poder, hayan desmantelado las instituciones de la República,
penetrándolas especialmente, estemos sufriendo un proceso constituyente,
y todo bajo la misma constitución que han atacado por años. La
evidencia demuestra entonces que el problema y la meta no es la
constitución, esta era solo la excusa necesaria para demoler el orden
político, económico y social.
Pero
terminado ya el devastador “trabajo” de la sesgada convención
constituyente, cada día se alzan más voces denunciando además del plagio
con la constitución boliviana, las múltiples trampas que tienden a
hacer inmodificable la propuesta constitucional si llegare a regir, a
través de un alto quórum sumado a plebiscitos. Solo imaginemos si las
alrededor de 240 reformas a la actual constitución hubieran tenido un
referéndum detrás, ya queda claro que el tema nunca fue hacer
modificaciones constitucionales, acá solo se trata de un revanchismo
histórico de carácter ideológico, cuya única meta es el establecimiento
de un sistema político que trastoque los valores más caros y preciados,
la nación, la familia, la libertad, el Derecho. Y ¿cómo llegamos a esto?
Pues simple: con trampas, dentro de una gran trampa.
Etimológicamente,
el concepto de “trampa” está ligado al verbo “atrapar”, y de eso se ha
tratado, de atrapar a todo un país, y es así como nos tienen. Cada día,
nuestro margen de acción como nación chilena está más reducido. Sin
cambiar la constitución, solo poniendo sucesivas trampas dentro del día a
día, se ha llegado al drama cuyo desenlace está cerca de producirse.
Es así que el orden constitucional, ni este ni ninguno, estaba preparado
para que el órgano encargado de salvaguardar el orden público y la
seguridad de la nación, se negara a hacerlo y actuara en contrario,
llegando a entregar dicho orden institucional, a quienes bramaban en las
calles mientras quemaban y mataban. La negativa del anterior gobierno a
cumplir con su deber constitucional fue la gran trampa que permitió lo
que ha seguido. La siguiente gran trampa fue la pandemia, no porque se
haya inventado en Chile, pero su manejo respondió a los dictámenes de
una izquierda globalista que supedita hasta el día de hoy el manejo
sanitario a tales dictámenes y al miedo colectivo que siempre buscó
crear. No por nada Izkia Siches le decía al ministro de salud lo que
había que hacer y nos mantuvo encerrados mientras miles se arruinaban,
todo el proceso electoral de dos años se ha hecho y sigue, bajo la
pandemia, lo cual demuestra la violación a diario de las garantías
constitucionales con el reinado de un “pase de movilidad”, propio de la
cortina de hierro.
Conocido
ya el texto de la propuesta constitucional queda en evidencia que a las
masas se les da un “caramelo” falso llamado “derechos sociales”, que,
en un país arruinado y sin crecimiento ni inversiones jamás podrá
cumplir, a cambio que el Estado se adueñe de todos los aspectos de
nuestras vidas y las dirija, y muramos como nación seccionada en
“naciones” y territorios autónomos, en que los chilenos no indígenas
seamos ciudadanos de segunda clase. Dividir para reinar, y controlar a
un país débil y mediocre. La guerra híbrida que pocos quieren ver.
Pero, como al menos
en las encuestas hasta aquí, el rechazo va ganando, el gobierno da
indicios de tener un plan B para tal caso, pese a haberse amarrado con
el apruebo: dice que seguirá gobernando con la normativa actual, aquella
cuyos próceres con Boric a la cabeza formal, durante años han luchado
para derribar y casi lo ha logrado. Es decir, la pesadilla va a seguir
sí o sí, con o sin nueva constitución, porque la trampa funciona, somos
un país “atrapado”. Es menester entenderlo, y ver que la palabra más
ausente del texto de nueva constitución es precisamente “libertad”, para
así comprender que debemos iniciar un camino de reconquista de aquella,
desde ya.