La triste realidad

Después
de tantas promesas en las respectivas campañas los contendores han
debido aterrizar numerosos conceptos para atraer a los electores de uno y
otro lado. La lógica predominante es la búsqueda del centro, aquel
sector que no se siente representado por ninguno de los dos, pero que
tiene algo que decir. A pesar del “fantasma del comunismo” con el cual
se procura teñir una de las campañas, la gente común no lo compra porque
conoce la realidad del espectro político. En la época de la dictadura
se tildaba como tal a los que éramos oposición y el modelo actual ha
insistido erróneamente en destacarlo, olvidándose que somos muchos
millones de personas que no somos comunistas y que respaldamos la
postura de Boric por otras convicciones. La insistencia en el discurso
comienza a ser patética, a tal punto que, en vez de dar a conocer su
propio (más renovado, refundado y más progresista) programa, ha elegido
destacar los atributos del de su contrincante. En Mesa Central del
domingo mostró su nueva estrategia: una gestión desesperada, burlesca y
arrogante para cubrir sus propias contradicciones y deficiencias. Si no
acepta que le llamen por su primer nombre no puede cambiar el del otro,
ni aun por ironía. La ciudadanía requiere seriedad y no otro payaso
indolente en La Moneda. Siendo abogado no tiene sustento justificar la
demora en el pago de las pensiones alimenticias de Parisi, aunque sea
para congraciarse con quienes fueron sus adherentes. En Chile se pueden
dilatar hasta el cansancio los procesos y con ello la justicia llega
tarde y muchas veces cuando ya no sirve. Uno defiende a sus clientes con
las herramientas que otorga la ley, pero no puede ser comentarista de
otras en las que no le toca intervenir. La causa de Parisi está a firme y
no hay defensa posible según han comprobado los mismos medios. No puede
haber dobles interpretaciones a lo resuelto por los tribunales, incluso
cuando se trate de un amigo, como el caso de Krassnoff, de quien
considera injusta su detención. Lo raro es que él sí puede ir a visitar a
un condenado por numerosos delitos (de una gravedad que solo un ciego
no puede o no quiere ver) y a la vez salir a criticar a otro que hizo lo
mismo en otro lado. Qué decir de querer amnistiar a todos los
condenados por delitos de lesa humanidad y rechazar la búsqueda de
justicia en los detenidos por el estallido social. La negación de los
derechos de los ciudadanos, especialmente de las mujeres, de las
familias de diversa conformación, de los niños y del daño provocado en
caso de embarazos por violacio
nes
son el reflejo de una vida en utopía, que desconoce la triste realidad y
que, si la ve, lo hace desde un púlpito demasiado alto como para oír el
grito desesperado de la población. El mundo no es lo que a uno le
gustaría que sea. Las circunstancias de la vida alteran todos los
modelos predecibles y la gente se ubica y desarrolla conforme a las que
le toca vivir. No siempre se encuentra una solución por medios o
esfuerzos personales, y por ello la necesidad de intervención de la
acción del Estado es bienvenida. Se puede influenciar en su familia (por
más simple o extensa esta sea), pero nadie es modelo de parientes, ni
de amigos, ni de vecinos. Y siempre hay verdades ocultas tras l
as supuestas perfecciones. La pureza y uniformidad no se pueden conseguir por decreto a menos que se haga desde un punto inicial o enclave donde se cierren las puertas a la
influencia externa. Experiencias mundiales han sido ampliamente
tratadas y en Chile, particularmente, ya se intentó en Colonia Dignidad,
con sus conocidos nefastos resultados.

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