Las
consecuencias de esta pandemia impactan y generan en muchas personas,
pensamientos y valorización de aspectos de la vida que antes eran
invisibles, o bien estaban dormidos en una escala secundaria en la
pirámide de las respectivas prioridades.
Las
manifestaciones de afecto se han visto profundamente trastocadas, las
señas, las miradas y las conexiones virtuales, son ahora nuestra
necesaria nueva forma de relacionarnos, al mismo tiempo se han
acrecentado las comunicaciones con las personas de la esfera íntima,
personal o familiar que se encuentran en otros lugares y latitudes. La
pregunta “¿Cómo estás?”, se ha vuelto particularmente recurrente; nace
de la necesidad de saber del otro, ahora que no podemos comunicarnos de
manera presencial. Sin lugar a dudas nuestra vida cambió, en lo
personal, familiar y laboral, no teniendo certeza aun por cuánto tiempo
se prolongará. Tenemos quizás una mayor conciencia de la vulnerabilidad
de la vida y de nuestro sentido de pertenencia a una comunidad.
Claro
está, que todavía quedan personas inconscientes que parecen necesitar
mayor rigor y fuerza en las prohibiciones, como son las que no van a
sus trabajos por la pandemia pero sin embargo asisten a reuniones
sociales, las familias que pasean con niños en el auto como si se
tratara de tiempos normales, las personas que circulan y eluden los
controles, los que mienten con los permisos virtuales de desplazamiento y
salen en la mañana y en la tarde, los que viajan o se desplazan a una
segunda vivienda, en fin, todavía quedan personas que no han aprendido
nada, son los eternos imbéciles de la sociedad.
Cuidarse
y observar las reglas de conducta social e higiene no es un simple y
vacío slogan, es una necesidad de la vida en la sociedad actual, debido
a que según expertos, aminoran en parte los contagios de la emergencia
sanitaria más importante de nuestra historia. Ser responsable con
nosotros mismos y con los demás, es la esperanza que los demás lo sean
con nosotros.
A
nivel global la preocupación de los Estados ha sido optar por la salud,
en primer lugar, teniendo la preocupación por la economía y sus
restricciones un segundo plano, demostrando así una clara conciencia
de que la economía se reestablece, pero la vida no.
Paralelamente
los analistas internacionales manifiestan que el coronavirus ha dejado
muchas cosas en evidencia, siendo una de ellas que de esta crisis no
se sale bien parado sin una respuesta de amplia cooperación entre
países, la alternativa será una larga y dolorosa depresión económica
mundial, más dura que la del año 1929. Añaden además que, el coronavirus
“es el preludio de problemas mucho más complejos porvenir, como el
aumento del nivel de los mares y la escasez hídrica”.
En
la misma línea, la Editorial Salamandra hace solo doce días atrás,
lanzó “En Tiempos de Contagio”, del físico y escritor italiano, Paolo
Giordano, quien en una entrevista a un medio inglés expresaba, “La
solidaridad, la información, el clima, nuestra relación con el planeta:
estas ideas estaban allí, en el fondo, y esta pandemia de repente las ha
conectado unas a otras”.
Muchos
escritores y filósofos concluyen que para superar esta pandemia y sus
consecuencias tendremos que hacer renuncias a nuestro estilo de vida.
Como dijo el escritor en la presentación del libro mencionado: “Todas
las líneas de pensamiento de las que hablo en libro conducen a una
consecuencia: el hecho de que nuestros estilos de vida son demasiado
voraces, quieren demasiado, consumen demasiado, tal vez se mueven
demasiado”.
En
conclusión, cuando el bienestar de los demás nace, solo como una
consecuencia del crecimiento económico y no de los principios de la
sociedad, estamos frente al egoísmo, la especulación y la codicia.