En
la Región de Magallanes hemos sido testigos, durante los últimos años,
de una inusitada violencia intrafamiliar que ha terminado con la vida de
algunas mujeres. Durante la pandemia, y debido al incremento del
encierro en la zona más austral, los índices de violencia también
aumentaron. ¿Qué está pasando? Los problemas a puertas cerradas no han
sido solucionados en el momento oportuno. Esto ha llevado consigo a que
se genere un endemoniado odio hacia una persona cuyo amor incluso llegó a
ser jurado ante Dios. Pero ¿por qué en su momento no se llegó a pedir
ayuda? ¿Vergüenza? ¿Temor al qué dirán? Al interior de los hogares
magallánicos se ha producido una constante violencia y hostigamiento
sicológico que han llevado a quebrar hogares que para muchos “lucían
como grandes ejemplos”. ¿Qué está pasando? Las políticas que lleva
consigo el Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (SernamEG)
incentivan a que se realicen las denuncias en forma oportuna, pero eso
no se ha concretado, si no, no estaríamos hoy lamentando hechos
policiales que han terminado con muertes difundidas mediáticamente por
numerosos medios de comunicación a nivel nacional. Debemos poner el pie
en el freno y señalar que ya basta de esto, y que desde otras zonas del
país se apunte con el dedo a Magallanes por estos vergonzosos hechos.
Las razones pueden ser variadas, pero ya es responsabilidad de todos, lo
que significa no tomar palco en problemas que podamos saber que tienen
nuestros cercanos. Es impresentable que se siga llegando a la violencia
que hoy vemos en nuestra región, con gente que incluso delante de sus
propios hijos actúa de forma inadecuada.