Ya
nada tiene de relevante el hecho de intentar predecir los sucesos que
darán el contexto futuro a la vida sanitaria, económica y ambiental en
nuestro planeta. Esta es una realidad que se ha venido repitiendo a lo
largo de miles de años, y la aparente capacidad de predicción de algunos
individuos de nuestra especie es una cualidad que históricamente se ha
utilizado para encauzar e imponer ideas que van desde la religiosidad
hasta cuestiones concretas sobre modos de repartición del poder y
consecuentes aplicaciones de modelos económicos. En la actualidad, están
de moda los 20 puntos de un análisis recientemente publicado de más de
50 expertos respecto de lo que viene a partir del año 2021 y que circula
ampliamente en las redes sociales. El nuevo paradigma que se pretende
instalar es que la innovación, la tecnología, lo natural y el
pensamiento lateral son la base de una nueva realidad y todos estamos a
tiempo de encontrar nuevos caminos. Estando las directrices definidas,
simplemente habría que encontrar las nuevas rutas personales o
empresariales y en esto se incluyen las aspiraciones laborales de cada
uno y el modo de empleabilidad más los espacios físicos, para ejercer un
nuevo concepto o idea de trabajo, de comercio, de productividad, del
control de ella y, por supuesto, de la educación y la salud. La
explosión de la Inteligencia Artificial y el modelo de predicción de
sentimientos y deseos individuales derivado del manejo de datos
personales a gran escala son la base de sustentación de lo que se
predice será el argumento central del crecimiento y progreso de la nueva
sociedad del Siglo XXI a partir de ahora, y que nos tiene asignado un
rol probablemente insignificante. Pero ello no implica necesariamente un
siquiera mediano interés y comprensión
acerca del antagonismo que se produce entre los fines del “nuevo
modelo” y las previsibles consecuencias de un crecimiento material sólo
basado en la desestabilización del dinámico equilibrio ecológico. Ya en
2016, Y. N. Harari en su libro “Homo Deus: Breve historia del Mañana”,
nos planteaba que, sólo en relación con la crisis ambiental, “A pesar de
las incontables propuestas sobre contaminación, calentamiento global y
cambio climático, la mayoría de los países no han hecho todavía ningún
sacrificio económico o político serio para mejorar la situación”. Las
nuevas propuestas para una modalidad social renovada y que asimile las
enseñanzas surgidas en la crisis sanitaria y social deben tener en
cuenta la obligación ética acerca de cómo proteger a la humanidad y al
planeta en su conjunto, de los peligros inherentes a nuestro propio
poder basado sólo en lo científico y en lo tecnológico. Cuestión no
nueva, ya que algo similar proponía, aunque en un estilo muy diferente
H. G. Wells, quién, en sus obras de inicios de 1900, denunciaba la
codicia y la ambición que puede presentarse cuando los humanos endiosan
sus capacidades
de creación y buscan en la tecnología y su poder destructivo, un
sustituto para todas las formas de vida. Al fin y al cabo, la idea es
Preservar la Condición Humana a partir del establecimiento de acuerdos
morales, producto de la dialéctica y el consenso, de modo que se
fortalezcan aquellas posiciones laicas y humanistas que no admiten la
existencia de personas innecesarias.