“Nadie
lo vio venir”, salvo los especialistas. Mientras dormíamos, lenta,
subrepticia y silenciosamente se fue instalando una capa de nieve sobre
nuestra ciudad, de la cual solo había habido un pequeño atisbo unos días
antes. Fue la alerta de que se venía un cambio, pero nadie lo alertó a
pesar que la mañana anterior el canto bullicioso de miles de pajaritos
bajando de las montañas lo precedía. Lo máximo era decir: “¡Está frío che…!, y lo repetimos unos y otros, sin vislumbrar las consecuencias de ello. Quienes
tenemos la fortuna de mirar los movimientos de la naturaleza y percibir
los detalles más insignificantes del entorno, estamos un poco más
preparados para saber qué es lo que se nos viene. Hemos aprendido no
solo con la observación sino con los efectos en nuestros cuerpos de no
haberlos tomado en cuenta. Gracias a ello hemos aprendido a caminar
sobre la nieve, a desplazarnos con la velocidad adecuada por nuestras
calles, a perder el garbo del día a día para solo atender dónde
dar el próximo paso. La nieve nos pone blancos a todos, sin distinción.
Si las cosas no están para bollos, preferible es quedarse en casa. La
amenaza de nieve no es una constante y los magallánicos lo sabemos muy
bien. Pueden pasar años sin que caiga una brizna y los inviernos no son
como los de hace unos pocos años. Ha contribuido a ello el calentamiento
global y poco a poco nos hemos ido acostumbrando y olvidando de su
cara, de su paisaje y de los efectos que esto produce en nuestra
población y en la convivencia diaria. Cuando
en agosto de 1985 se nos vino encima la más dura de las realidades y el
cono sur americano emuló el territorio antártico sin distinción de
fronteras, clases sociales y diferencias políticas, pensamos que nunca
más tendríamos que vivir algo similar. Sin embargo, los quiebres de la
naturaleza no dependen de nuestras aspiraciones o esperanzas sino de una
fuerza superior que está lejísimos de poder llegar a controlar algún
día. Los influjos de variables térmicas provocan que mientras en un
sector del mundo se goce del buen tiempo, en otros sean arrasados
pueblos completos dejando un rango de muerte y destrucción de la cual
solo nos compadecemos por las noticias. Ahora
bien, si somos incapaces de vaticinar un simple nevazón como la que
tuvimos esta semana, ¿cuánto más irresponsables somos de considerar que
una situación así no nos vaya a afectar? ¿Que
nos olvidemos de las precauciones que debemos tomar, sabiendo que en la
calle habrá personas (niños, empleados públicos destinados a la región y
migrantes) que nunca han tenido que lidiar con la alfombra blanca?
¿Cómo olvidarse de que
las pendientes se vuelven un tobogán luego del paso de unos pocos
móviles? ¿Cuándo llegar a tiempo al colegio o al trabajo es más
importante que el autocuidado y con ello cuidar, a la vez, a los demás?
Los choques en cadena, la falta de distancia, el arrojo y la imprudencia fueron
la tónica de ese día, porque muchos se olvidaron y en vez de agradecer
lo hermoso del paisaje, tuvieron que exponerse y a los suyos al frío de
la mañana, a la tensión que significa sentir que su vehículo está
sufriendo los estragos en sus estructuras, o a tratar de consolar a los
niños al ver una mole que los puede llegar a aplastar. Así
es como pasa en nuestra realidad de vida. Nos acostumbramos tanto a
vivir en un tipo de sociedad que no nos preparamos para los cambios que
se pueden presentar (y que histórica y frecuentemente han ocurrido). Le
echamos la culpa a nuestro entorno y no nos damos cuenta que el cambio
climático y social mundial afecta también todos los lugares del mundo. Ya no podemos vivir pensando en la burbuja de nuestra comodidad si no observamos cómo
la gente está entrampada en sus propios problemas. Podemos o solo mirar
o bajarnos a ayudar. No se puede seguir siendo arrogantes y echar las
micros por el cerro resbaladizo solo porque se tiene un mejor y más
potente vehículo. La
nevada que se viene en los próximos meses será eso y nada más. Luego
deshielará y nos acomodaremos y seguiremos adelante. Los que avizoran
tormentas y huracanes, y que cacarean como los pájaros de las montañas,
están tan errados en sus pronósticos como los que nos alarmaron de que
el tsunami de Japón afectaría a nuestra ciudad. ¡Está frío che…! Sí.
El invierno pasará y ojalá hayamos aprendido la lección.