La
reciente encuesta CEP nos plantea que un 49% de la ciudadanía está “no
muy interesada o nada interesada” en el proceso constitucional.
Mayoritariamente la gente ha empezado a pensar que la Constitución no
resolverá sus problemas urgentes, provocando un creciente desinterés por
el proceso y su resultado. La idea de rechazar en diciembre gana
adeptos y ello no tiene distingo político, socioeconómico ni etario. La
gran solución a la crisis política social del país parece encaminada al
fracaso y la desconexión del mundo político con los problemas reales del
país que deben tener respuesta en la constitución deja una extraña
sensación de pérdida de tiempo.
En
medio de la campaña presidencial opiné que descuidábamos el principal
objetivo de nuestra lucha política: tener una constitución democrática
para todos los chilenos y chilenas. Desde ese momento observamos como
sectores políticos exaltados, descontrolados y nublados autoasignándose
la representación del pueblo llevaron al fracaso la lucha de décadas. De
arrepentimiento nada, de autocríticas menos. Es más, se han atrevido a
tratar de ignorantes a aquellos que supuestamente quieren representar.
Lo real es que ahora intentamos abrigarnos con las hilachas de la ropa
que alguna vez pretendimos vestir.
De
luchas masivas y populares por una nueva constitución derivamos a un
proceso alejado de la ciudadanía, sin soberanía popular, con limites
temáticos a la discusión. Parece ser más urgente para algunos sacar un
nuevo texto para firmarlo y superar la Constitución del 80 que de
procurar una constitución democrática, que entregue igualdad de
oportunidad para desarrollarse a todos y cada unos de los chilenos y
chilenas. Hoy que la tortilla se ha dado vuelta, los mismos síntomas de
intransigencia, de soberbia y fanatismo parecen apoderarse de la
discusión constitucional, existiendo el riesgo real de retroceder en los
mínimos civilizatorios. Del síndrome Stingo, de imponer mayorías, a
republicanos conservadores que prefieren la restricción de libertades a
cambio de mayor seguridad. (Otro día hablaremos de la empatía por los
gatos).
En
un escenario de mayoría republicana y una crisis de identidad de las
fuerzas tradicionales de derecha, la posibilidad de una constitución
conservadora, regresiva y con candados que le entreguen rigidez, es
altamente probable. De hecho, esa tensa calma y las alabanzas a los
acuerdos parecen ser cosas del pasado al momento de empezar a discutirse
las enmiendas. En este caso, es claramente observable que los
republicanos se la jugarán por una democracia protegida, en donde la
posibilidad de que los parlamentarios puedan decidir sobre políticas y
derechos sociales estará restringida.
No
soy partidario de una constitución escrita en piedra con quórum
altísimos que la hagan no adaptarse a los cambios de la sociedad; sin
embargo, tampoco comparto el escenario de dejarla vulnerable a los
vaivenes políticos de gobierno a gobierno. Como siempre he dicho soy
partidario de un texto constitucional que rija nuestra sociedad en los
próximos 20 años, que sea nuestra quilla hacia un futuro dinámico, y que
por sobre todo, no quede vulnerable a mayorías circunstanciales.
Tal
como ha comenzado el debate de las enmiendas no es descabellado pensar
que las ideas duras de algunos sectores difícilmente logren consensos,
aunque si alcancen los votos para ser aprobadas. De esta forma, la idea
de rechazar es probable que crezca, sin que ello implique una derrota
del gobierno o una derrota previa de Kast. Simplemente, será el rechazo a
una constitución que no dará cuenta del futuro de Chile y las garantías
a su ciudadanía. Si se rechaza sin duda seguiremos movilizados hasta
tener la Constitución democrática para todas las chilenas y chilenos.