A medida que va pasando el tiempo, las marchas sociales van mostrando caras, nombres y propuestas. No son sistemas que marchan contra sistemas. Son personas de carne y hueso, como usted, como yo. Las personas que protestan tienen rabia. Lo han dicho una y otra vez. Ignorarla es un error, fomentarla también. La rabia es una emoción que se nos escapa, que quiere salir y por eso, en ocasiones, sentimos que no podemos controlarla. Con frecuencia, nace motivada por alguien, que hace o dice algo que nos molesta. Los comentarios de los ex ministros la hicieron estallar. En muchas ocasiones, exteriorizaremos la rabia contra esa persona que provocó el desencadenante de esta emoción, comportándonos de forma impulsiva y sin control sobre nuestras palabras y actos. Sin embargo, esto no soluciona lo que realmente lo originó, causando conflictos y daños, de los que probablemente nos arrepintamos después. Como cualquier emoción, somos los responsables de ella y nadie es el culpable de la misma, a pesar de que nosotros sí la asociemos o la proyectemos sobre alguien.
Son generaciones de chilenos que en su gran mayoría viven mucho mejor que sus padres y abuelos, y por ello, tienen expectativas diferentes. Hoy, son principalmente los jóvenes quienes han salido a la calle exigiendo sentar las bases de un mundo nuevo. Son hijos de padres o abuelos que nacieron en uno de los países más pobres del continente, pero que crecieron en un país que se convirtió en el alumno aventajado de Latino América, de mayor movilidad social. A pesar de aquello, para estos jóvenes nuestro modelo de sociedad es insuficiente y mezquino. Y tienen razón. Chile necesita construir una sociedad más pluralista, donde la meritocracia prime por sobre el abolengo. Chile exige construir una sociedad más plena en oportunidades para que cada persona tenga la posibilidad de realizar sus sueños. Chile quiere ser un país seguro para que la vida de barrio se desarrolle en beneficio de las familias y comunidad. Chile pide que sus abuelos puedan tener una vejez digna. Chile demanda que los niños puedan acceder a una salud y educación pública o privada, pero ambas de excelente calidad. Chile espera que la justicia sea ciega para todos. Chile quiere mayor libertad para emprender, crear y crecer económicamente, pero resguardando su naturaleza.
Tengo la esperanza que la rabia decantará en la reflexión y que la violencia desatada se extinguirá presa de su propia incapacidad para ofrecer soluciones. Lo más experimentados debemos ser optimistas y apoyar a los más jóvenes en el dialogo y construcción de consensos que cimentan la paz social que sustentará el porvenir de la nación.