Las necesidades y las expectativas de los chilenos han cambiado mucho en los últimos 30 años. Y ello se ve refrendado en lo que está pasando. Hoy la sociedad no tiene mismas necesidades que había cuando nuestros padres lideraban los hogares. Desde los ‘90 a la fecha, el PIB total de Chile se ha casi multiplicado por 10.
El hecho de ser una de las economías más abiertas del mundo ha permitido también a la población acceder a una serie de productos que generaciones anteriores no vieron y, además, ha contribuido con el mejoramiento de tecnologías y servicios.
Se ‘marketeó’ como la ‘democratización del consumo’ por parte de las casas comerciales que empezaron a ofrecer créditos a todos. Y todos a través del “bicicleteo” quisimos mejorar nuestras condiciones de vida. Aunque el sueldo mínimo esté en $ 301 mil mensuales, la vida se ha encarecido más que lo que ha aumentado el salario. Y como el sistema no se ha hecho cargo de esos bajos ingresos, ya está en el chip de la gente que vivir endeudado es algo ‘normal’, pero ahí caemos en un problema aún más difícil de percibir: que todas las oportunidades que se venden gracias al crédito, tapan de mala manera las vulnerabilidades que precisamente están detrás de él.
En 2018, según las cifras del INE, el ingreso laboral promedio mensual fue de $ 573.640. Sin embargo, la mediana se ubicó en los $ 400 mil. Es decir, la mitad de los trabajadores del país percibió salarios iguales o menores a ese último monto.