Las odiosas comparaciones

Tener
identidad propia es un tremendo desafío, en especial para los jóvenes,
que transitan por una adolescencia vulnerable buscando su identidad, y
son educados por las redes sociales.

Los
jóvenes al seguir a un “triunfador” de su misma edad y compararlo con
los “lateros” padres, tutores o guías, no tienen donde perderse. Es
mejor seguir al que tiene los mismos conflictos y los resuelve en forma
corta y banalmente, porque lo importante es el hoy y no el futuro, pero
hipotecando con sus decisiones los próximos 60 años.

Por
otro lado, se perciben errores cuando se compara Chile con otros
países, ya sea por la manoseada OCDE (Organización para la Cooperación y
el Desarrollo Económicos) que, como un organismo rector dirigido por un
grupo de sabios, nos dicen desde el exterior cuales deberían ser
nuestros estándares, y esperemos que con una real objetividad y sin
intereses creados. Allí se comparan países que tienen industrias
poderosas y nosotros que solo nos dedicamos a exportar materias primas,
riquezas del mar, agrícolas y actos de comercio. Todo esto, por una
burbuja de crecimiento que nos mostró al mundo hace años, como un país
desarrollado, cuando en realidad una parte estaba desarrollada, y el
resto con serios problemas de vivienda, alcantarillado, salud pública,
pensiones malas, etc. Además de: desfalcos fiscales, un grupo
importante de la sociedad que no le interesa la educación porque son
mediocres o disfrutan saber más que el resto o les conviene mantener a
la gente ignorante, problemas de abusos y delincuencia, que nadie frena,
incluso transformándose Chile este último año en exportadores de
delincuentes nacionales e internacionales a Estados Unidos.

Un
bien intencionado tributarista nos hablaba en un medio de Estonia, ya
que ve con buenos ojos su sistema tributario. Pero Estonia es un país
pequeño con 1.300.000 habitantes, buenas comunicaciones, acceso
importante al mar, y al lado de poderosos que lo ayudan a crecer. Y
nosotros, una franja larguísima de tierra con una conectividad
dificultosa, en especial en las zonas australes, con 19 millones de
habitantes, y países vecinos con serios conflictos políticos económicos.
Buen sistema
tributario, pero los escenarios son incomparables.

Las
comparaciones son odiosas. En especial cuando no sabemos quiénes somos,
porque no tenemos el ánimo para identificar las amargas debilidades y
por supuesto las dulces fortalezas. Desde un diagnóstico certero, con
números rudos e identificando nuestro real potencial, podremos marcar
una pauta de vida, clara y ambiciosa en la justa medida, para no caer en
la amargura del perfeccionista, pero si en la ambición sana de ser
mejores personas. Y como país, concretar políticas claras de Estado,
que asegure crecimiento en el mediano y largo plazo, ahuyentando a los
vendedores de humo que simplemente por sus ambiciones personales e
ideologías no dejan que el país crezca y quienes menos tienen, dejen de
sufrir.

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