Las pandemias después de la pandemia

Revisando
informaciones de todo el mundo respecto del avance del Covid-19, creo
que la única conclusión honesta que podemos sacar a esta altura es que
nadie sabe, a ciencia cierta, cuándo o cómo va a terminar esta pesadilla
global. Países que eran ejemplos hoy están apremiados con alzas en los
contagios, las nuevas cepas parece que proliferan y desde el mundo
médico y científico, surgen dudas sobre las cantidades de dosis
necesarias por cada vacuna para que sean efectivas. Pero no es lo único.

Junto
con la incertidumbre que el virus instaló en nuestras vidas, resulta
evidente que una vez superada esta crisis -insisto que no sabemos cuándo
ni cómo- volver a cierta normalidad no será cosa de un día para otro.
Expertos de todo el mundo ya han alertado sobre las consecuencias
negativas para las economías donde, para variar, los grupos más
vulnerables serán los más afectados, al igual que los países de
economías menos robustas.

En
esta misma tribuna ya he señalado las irreparables consecuencias que ha
tenido el Coronavirus en las y los pacientes oncológicos, ya sea por la
interrupción de sus tratamientos o bien por ser más susceptibles a la
enfermedad debido a que su sistema inmunológico se encuentra deprimido.
Nunca sabremos cuántas de esas personas morirán o habrán perdido años de
vida como efecto colateral de la pandemia.

Pero
hoy quiero referirme a otra pandemia que se avecina con la fuerza de un
tsunami, aquella relacionada a los efectos en la salud mental que
tendrá el Covid-19. Seguramente usted, o alguien cercano, ha
experimentado en todo este tiempo problemas para dormir, cuadros de
ansiedad, días en que se siente triste o derechamente deprimido. Los
especialistas dicen que todo eso es “normal” considerando los encierros
obligados, las largas jornadas frente al computador para quienes
teletrabajan, la incertidumbre y el agobio de las deudas para quienes
perdieron su fuente laboral y un largo etcétera.

Según
un informe dado a conocer esta semana por la agencia Ipsos, realizada a
cuarenta mil personas en treinta países, Chile sería el segundo país
del mundo que más ha empeorado su salud mental durante la pandemia, sólo
superado por Turquía. Según la muestra, un 56% de los adultos chilenos
declara que su estado mental y emocional ha empeorado durante la crisis
sanitaria.

Un amigo
que ha experimentado problemas para dormir y cuadros de ansiedad me
comentó que conseguir hora con un psiquiatra se ha vuelto una misión
imposible y eso que él busca atenciones en Santiago, sabemos que en
regiones es aun mucho más complicado, sin mencionar lo caras que son
esas consultas. Lo cierto es que la salud mental sigue siendo vista
en
Chile como algo secundario y, por ejemplo, de los $10.032.719 millones
del presupuesto para Salud de este año, solo un 2% se destina al ítem
mental.

Desde
antes del estallido social y la pandemia ya resultaba evidente que
nuestro país venía con un preocupante deterioro en nuestra salud mental,
pero estas dos situaciones no han hecho sino agudizar este serio
problema que nos aqueja. Permítame solo señalar que esta situación en el
caso de los niños da para una columna aparte, pero valga consignar lo
poco y nada que hemos hecho por aminorar las secuelas emocionales y
mentales que esto significará para ellos y ellas. Sabemos que superar la
Pandemia requerirá más tiempo del originalmente pensado, pero lo
responsable es proyectar además de las medidas coyunturales, políticas
públicas de mediano plazo que nos permitan hacernos cargo de las otras
pandemias tras la Pandemia.

Contenido relacionado

Envíanos tu denuncia o información AVISOS ECONÓMICOS