Las
personas, siempre deben estar en primer lugar, antes que toda otra
consideración. Por esto, llama la atención las dudas de algunos sobre el
cambio de fecha de las elecciones. Lo cierto es que en base a todas las
evidencias de carácter médico y científico, resulta ser un riesgo muy
alto realizar las elecciones en el mes de abril, con nuestras
capacidades hospitalarias casi colapsadas y con un importante número
contagios diarios. Pero también existe otra consideración que esta en el
fondo de la situación: la débil o más bien nula legitimidad que tendría
este proceso cívico, con una abstención considerable de los/as
electores/as, motivada por el temor a contagiarse de coronavirus. Por
esto, resulta oportuno recordar a los líderes políticos que el primer
derecho que debe proteger una Constitución, es el derecho a la vida y la
dignidad de las personas. Sobre esta idea, seremos una nación con
pilares de libertad, justicia y respeto a sus ciudadanos. La sociedad
debe procurar el bien común para todos, lo cual se traduce en
proporcionar las condiciones materiales, culturales y espirituales que
permitan desarrollarse para poder gozar de la libertad y del bienestar
general de cada individuo, que incluye -en primer lugar- la salud. En
este punto, estamos todos de acuerdo. Entonces, ¿Qué argumentan las
personas que, sin importar la gravedad de la pandemia, querían efectuar
las elecciones de abril próximo? Los gastos realizados durante las
campañas en desarrollo, porque son caras. Particularmente algunos
partidos que han gastado mucho para exhibir los supuestos talentos de
sus representantes. Tal vez su error radique en el hecho que consideran
que basta un buen marketing para transformar a una persona un/a
político/a. Pero esto reduce la política a una simple foto impresa en
miles de
copias, un slogan repetido, un cartel en la esquina que se cae con el
viento y se transforma en un peligro público. Un@ candidat@ consistente,
no necesita de tantos millones para crearle una “imagen”, porque su
trayectoria y trabajo en terreno habla por sí solo. L@s elector@s saben
distinguir el discurso de un charlatán y el de una persona seria. Por lo
tanto, tanto gasto era innecesario. El dicho “dime con quien andas y te
diré quien eres”, esta vez tiene mucha importancia, sobre todo en lo
que respecta a las credenciales y ADN democrático. Porque convengamos
que existen muchos/as que han participado y profitado de la democracia
sin tener aprecio por los valores que esta implica, tales como el
respeto de los derechos fundamentales, libertad, igualdad, equidad,
pluralismo, tolerancia, justicia, participación, entre otros. Tanto así,
que se criaron o crecieron amando el autoritarismo de la “democracia
protegida”, como si a la democracia se le pudiera poner un apellido. A
los electores, hay que respetarlos como
personas adultas que son. Es el momento de replantearse la importancia
de los constituyentes, realizando este histórico acto democrático en una
elección exclusiva, que no se mezcle con lecciones locales o regionales
como las de alcalde, concejales y gobernadores. Ante decisiones tan
importantes, cabe recordar lo que el patrono de los políticos y
gobernantes, Tomas Moro, dijo en su tiempo: “Dichosos los que están
atentos a las urgencias de los demás, sin sentirse indispensables”. En
síntesis: una Constitución democrática debe poner a la persona humana en
el centro. Después, debe propender a su bienestar, donde la salud es lo
más importante. En este sentido -dada la emergencia sanitaria causada
por la pandemia- las elecciones de abril, si bien son importantes, deben
pasar a segundo plano, porque el proceso podría aumentar los contagios,
provocando más muertes todavía. Es cuestión de prioridades y, la
primera opción, siempre debe ser la vida.