Desde
que nos levantamos a diario somos bombardeados por cifras sobre la
pandemia de Covid-19, y algunos nos atrevemos a analizar y discernir,
pero que oficialmente nadie da alguna explicación científica o siquiera
lógica. Pareciera que el tiempo se hubiera detenido, o que la Historia
humana tiene un nuevo punto de quiebre: “AC-DC”, antes del Covid, después del covid.
Llegaron vacunas, se aplican vacunas, pero el país casi entero pasa a
cuarentena por aumento exponencial de contagios y positividad, después
de más de un año nada parece mejorar. Y es lo único que ve la mayoría de
la gente. Así es la dictadura sanitaria que nos rige, ya casi nadie se
cuestiona nada, todo se acepta, se ha reemplazado la libertad por la
seguridad que tampoco llega.
Hace
varios años el analista internacional Raúl Söhr escribió su libro “Las
guerras que vendrán”, y los procesos no se han detenido, al contrario,
se incrementaron. No obstante discrepar de él en temas ideológicos no
puedo desmerecer haberse anticipado en algunos aspectos. La gente no
tiene perspectiva sobre estas materias, incluso “la pandemia” se olvida
es un tema global y no nacional y que no se resuelve con encierros
locales ni vacunando toda nuestra población, ¿y después? ¿Encerrarnos
como Corea del Norte? Absurdo. Allá afuera existe una tremenda crisis
económica que nos esta golpeando en varias áreas aún no se percibe. ¿Ha
notado la falta de vehículos nuevos en el mercado? Ahí tiene un
pequeñísimo detalle que anuncia una cadena.
Durante la pandemia ha crecido inmensamente la importancia del bitcoin o moneda virtual, cuya finalidad
es constituirse en la nueva divisa mundial en sustitución del dólar
americano. Y la mayor fuerza en ella la tiene China. Y, después de la
salida de Trump, el conflicto con China ha aumentado de la guerra
comercial al posible conflicto bélico. Igual entre Irán
e Israel. No seamos ingenuos, el mundo está en la peor situación de
guerra en mucho tiempo y como todas en ellas hay un factor económico, y
la economía mundial hoy se presta para ello. Se trata nada más y nada menos del cambio del eje del poder mundial después de casi un siglo.
Nadie
podría pretender que Chile tenga un papel protagónico en esta
conflagración por ahora “silenciosa”. Pero de nosotros como país depende
lo que nos pasara a nosotros mismos. Este gobierno juega a alargar el
estado de excepción porque es lo único que le permite grados de maniobra
después de la revolución de octubre. Pero el país ya no es el mismo y
nunca lo será. Todo ha cambiado y no para bien, somos más pobres, mas
anárquicos-la anarquía se institucionalizó-, hemos postergado
innumerables situaciones no enfrentadas, pero más temprano que tarde nos
explotaran en la cara. Somos cada día menos soberanos. ¿Y qué pasaría
si el 1 de Julio terminare el estado de excepción? ¿Estamos preparados
para la supuesta “normalidad”?
El
principal recurso de un país no son las riquezas, sino su población y
la calidad de esta. Educación, disciplina, valores, cultura, orgullo
nacional, todos elementos que casi han desaparecido y, lo más
importante, el país requiere y requerirá líderes de verdad en todos los
niveles. No paniaguados de un Estado incapaz, insertos en cargos
chupando la escasa sangre que le queda al país. Se levantaran las
barreras sanitarias y quedara a la vista el caos político, la
destrucción económica, la agitación social pero, sobre todo, la evidencia
de una nación a la deriva, en un complejísimo escenario internacional.
Cada 100 años aparecen en la Historia estas encrucijadas que, para saber
enfrentarlas y superarlas primero hay que entender que existen.
Entretanto, los países desaparecen, son conquistados por otros, se les
divide el territorio y lo pierden, y sus riquezas naturales. Un país a
la deriva es como un barco que no puede superar las tormentas, y aquí en
Chile se incuba la “tormenta perfecta”, herencia de Piñera a quien lo
suceda. Y esa tormenta no se superara con constitución sino con líderes
de verdad que sean capaces de inspirar a su pueblo y levantarlo, ponerlo
de pie entre las ruinas en que ya estamos. “¿Cuándo volverá Excalibur
al mundo?” Pregunta Boorman en su icónica película. “Cuando venga un rey
que sea digno de llevarla”. “Que buen vasallo, si hubiere buen señor”
decía Mío Cid. Los periodos de auge y decadencia de los pueblos están
dados por sus liderazgos. ¿Tenemos?