Las redes y la información

A
menudo escuchamos decir que estaríamos mal informados. Lo que no deja
de ser una enorme paradoja, ya que jamás la humanidad ha dispuesto de
tanta información. ¿Será verdad acaso aquel dicho francés de que “el
exceso de información mata la información”?

La
prensa escrita tiende a desaparecer. Nuestra lectura de diarios y
revistas se hace cada vez más por internet. Basta solo mirar los pocos
quioscos que subsisten. Las radios privilegian la música y los programas
de bajo costo y, la televisión, que mantiene una oferta de noticias,
necesita audiencia, lo que la lleva a farandulearla. Los referentes
dejan de ser los especialistas y, los animadores del espectáculo
noticioso, junto a los políticos, pasan a ser los dueños del show. Y
como la oferta informativa es abundante, si acaso es verdad que
estaríamos mal informados, es porque nos informamos m
al.

Sucede
que nos hemos transformado en consumidores de noticias. Las ingerimos a
secas, sin agua ni procesamiento, sin que éstas despierten en nosotros
una reflexión o un juicio crítico. Agreguemos que la lectura, esa que
nos permite descubrir mundos, desarrollar la imaginación, alimentar el
vocabulario, hoy pareciera estar dañada socialmente. Leer noticias, para
luego procesarlas, sería algo así como una pérdida de tiempo. Y al
preguntarnos cómo y dónde nos informamos, la respuesta es simple: cada
vez más, a través de las redes sociales. Es una lástima y es un peligro.
La nocividad de las redes radica en que son, justamente, un vector de
la desinformación. Esta observación excluye otros usos de las
tecnologías virtuales, como el de comprar y vender, recrearse, compensar
la soledad, buscar pareja, formar grupos, encontrar datos, ver
películas, consultar enciclopedias, seguir cursos, participar en
reuniones, etc.

Personalmente,
nunca he tenido Twitter, Facebook o Instagram, por ejemplo, y
conscientemente, los he evitado. Se me ocurre que es una forma de
preservarme de ciertas cosas o de no contaminarme con otras. Soy algo
impulsivo, y algunos comentarios, a menudo cargados de excremento
cerebral, son capaces de sacarme de quicios. Mejor entonces tomar
distancia con esa forma de interactuar socialmente y seguir informándome
por los medios tradicionales que, aunque no siempre óptimos ni menos
aún neutrales, asumen una cierta responsabilidad. Al periodista lo
escucho, lo leo o lo veo; él no suplanta a nadie, no insulta ni
reacciona como la mayoría de los usuarios-adictos a esos comentarios de
tres líneas tan cargados de agresividad de los twitter. Hay amigos que
me envían copias de algunos mensajes que aparecen en las redes sobre
tópicos de actualidad. Fue así como me enteré de la campaña organizada
de calumnias e insultos de la que fue objeto mi mujer por haber
declarado públicamente que rechazaría el proyecto de nueva constitución.
Por cierto, no le transferí esos comentarios ¿para qué? Salvo ser
masoquistas, todos tratamos de evitar que nos golpeen; y utilizar la
legítima defensa, en tales casos, es entrar a insultar y calumniar de la
misma manera. He leído bastante acerca de lo nocivo de esta
seudoinformación cuyos daños están comprobados. En lo individual:
adicción, ansiedad, neurosis, agresividad y hasta depresión. En lo
colectivo: exacerbación del individualismo, aislamiento social, difi
cultad
para encausar proyectos colectivos, pérdida de la solidaridad e ilusión
de creerse informados. Las hipótesis de lo que aún está en estudio
acerca de sus efectos a largo plazo, son espantosas y podrían provocar
una verdadera mutación del comportamiento social. Todas las alertas
están en rojo.

En
mi caso, y por mi propia salud mental, definitivamente, me abstengo de
su uso. Reconozco que expresarme por este medio me confiere un cierto
privilegio, el que asumo con responsabilidad dentro de los cánones de la
ética, concepto éste bastante reñido con la desinformación y
agresividad que provocan las redes. Los comentarios que recibo
regularmente de algunos lectores son reconfortantes, ya que prueban que
no soy el único que sigue leyendo periódicos.

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