Las tarjetas

Autoridad
que no abusa pierde su prestigio, el episodio de las tarjetas llega
tarde, ya no asombra, porque el Congreso ya está desgastado, envilecido
al extremo que nada sorprende, desde el raspado de la olla, asesorías
fundadas en las redes sociales o en Wikipedia, hasta el uso de tarjetas
de combustible para familiares y amigos, al extremo que ya ningún exceso
le hará perder su prestigio porque hace rato que perdió el poco y nada
que le quedaba. Enfrentados a los grandes temas constitucionales y al
ejercicio de sus atribuciones, no aparece revestido de la seriedad y
formalidad que lo habilite para adoptar decisiones legitimadas ante la
ciudadanía, tales como el nombramiento del Fiscal Nacional o la
redacción de un nuevo texto constitucional.

Ante
estas pequeñeces, tan propias de nuestra chilenidad, nos asombra lo
bajo, lo pequeño, hasta en el pillaje hay cierto rasquerío, no estamos
hablando de millones de dólares, sino que de las tarjetas de
combustible, sólo falta que carguen a la dieta parlamentaria la
matricula de los niños o el sueldo de sus atribuladas trabajadoras de
casa particular. O sea, si bien la corrupción existe en instituciones
como el Vaticano, la Fifa y hasta en Naciones Unidas, acá no deja de
llamar la atención la pequeñez, lo diminuto y esa creatividad para
reparar inclusive en la insignificancia. La verdad es que la cuantía de
estos abusos expresa lo limitado, los escasos recursos intelectuales de
nuestros Honorables, para hacer algo en serio, relevante, inclusive
cuando de defraudaciones se trata.

Por
cierto, las propuestas o sugerencias para superar esta crisis no dejan
de ser una ingenuidad, tales como implementar nuevas medidas de control,
sanciones éticas o inclusive rebajar la dieta parlamentaria, propuesta
esta últ
ima
propia del infantilismo frenteamplista o en otros casos una
manifestación descarada de esa vieja ulcera del alma, la envidia. Nada
de esto resuelve el problema de fondo, la baja calidad y nivel de
nuestra política, la precariedad intelectual de como ejercemos el
sufragio, universal, secreto y desinformado, porque una y otra vez
resultan electos los mismos personajes que en cada campaña además
ofrecen redención y se conceden recíprocas indulgencias.

En
síntesis, la gravedad de este grave deterioro de la política es que la
democracia ya se percibe decadente, superada, desbordada, y ante ello
surgen aquí y allá, propuestas populistas aún más destempladas, que cada
cierto tiempo ofrecen superar y suprimir las tarjetas y tarjetones a
costa de la democracia o lisa y llanamente suprimiéndola por su
desprestigio. O sea, las opciones no son muchas, pero en todo caso
parece inviable que ninguna propuesta o práctica rehabilitadora surja
desde el propio Congreso, así planteadas las cosas es mejor que las
tarjetas sean de libre disposición, si al fin y al cabo el alza del
combustible nos ha afectado a todos.

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