Hablar
del “proceso democrático chileno” a estas alturas, ya parece un chiste
de mal gusto. Se conjugan tantos factores que inciden en una masiva
desinformación sumada a la ignorancia colectiva de conceptos, añadidos a
la manipulación descarada de medios de comunicación, organismos
públicos nacionales a internacionales. Como que a nadie pereció
importarle que durante lo transcurrido del siglo XXI, todo gravitara
alrededor de dos personajes, Bachelet y Piñera. El resto no existió.
Bueno, sigue sin existir, la ley de hierro de las oligarquías rige en
toda su magnitud, pero se sigue hablando de democracia, sabemos no es
cierto, la voluntad popular solo sirve para legitimar en actos cada vez
más controversiales, las decisiones y acuerdos tomados desde las
sombras.
Este
llamado “proceso constituyente”, no es la excepción a la regla.
Discusiones bizantinas sobre la línea tal o cual del proyecto propuesto,
cuando las normas es imposible interpretarlas fuera del contexto lógico
y sistemático y, tratándose de normas fundamentales, de las
consecuencias hacia el resto del edificio jurídico. Hasta ahí nomás
llegan los que debaten sin debatir en realidad, porque sin visión de
conjunto es imposible hacerlo. Y a nadie le interesa, de ningún lado.
Sin embargo, soy un convencido que la opción rechazo abre un abanico
de posibilidades que no da el apruebo. Coincido con analistas que
señalan que de ganar esto último, se olvidara todo ofrecimiento de
reformar los errores y horrores del proyecto. Primero porque el
mecanismo del proyecto para reformar es tan complejo que lo hace casi
imposible, máxime en un país en recesión, con su economía muy dañada,
pero, sobre todo, con la confianza y las instituciones destruidas y con
problemas gravísimos de seguridad pública. Y, además, porque conociendo
el ideologismo fanático histórico de los sectores del apruebo, más los
que oportunistamente se les sumaron, al día siguiente la soberbia que
domina al actual llamado gobierno dirá que el resultado es “fiel
expresión de las luchas del pueblo y sus anhelos de más de 200 años”. Y
no hay fuerza política capaz de obligar a nada y que tampoco se
garantiza se plasme en un resultado correcto. Entretanto, el sistema en
todas sus manifestaciones terminara de colapsar, y las discusiones
constitucionales serán tan ridículas como un puñado de hambrientos
discutiendo sobre recetas de un chef…
Por
ello, la reciente “detención” de un curioso líder terrorista que sin
tener para que empezó hace un tiempo a jactarse de supuestos hechos
criminales, Héctor Llaitul, justo
a pocos días del plebiscito, detención practicada con una facilidad
asombrosa, indigna de un guerrero de ese talante, es evidente responde a
un tongo desesperado por ganar unos pocos votos. Los que entendemos
sabemos la vinculación ideológica entre el gobierno de Boric, el texto
de proyecto constitucional separatista, y la acción terrorista de
Llaitul, entre otros, que jamás ha sido reprimida como haría un país
sensato y civilizado. Se genera así un distractor del interés colectivo,
y posiblemente ocurran otros “hechos de última hora” antes del 4 de
septiembre. La insurrección revolucionaria no quemó medio Chile y
destruyó sus bases y su confianza, para aceptar ser derrotada. Es un
proyecto totalitario que no cree en la democracia, solo la utiliza
formalmente, sabiendo que ya la destruyó. El fin justifica los medios ha
sido siempre su lema. Y, si pese a cualquiera medida “necesaria” a los
fines revolucionarios pierde, esa derrota no se aceptará y no renunciará
a su proyecto, porque los planes seguirán en marcha, máxime cuando no
existen los medios requeridos para que el país se defienda de esta
múltiple agresión, interna y externa. La única manera de enfrentar y
superar estas situaciones, es estar preparado para lo inesperado. El
contexto en que sobrevive nuestro país, interno y externo, es demasiado
difícil, somos víctimas de una poderosa conspiración que no terminará
con el rechazo el 4 de septiembre, acaso solo será el comienzo de una
era aún más difícil y dura.
Todas las encuestas dan por ganador al rechazo, y la opinión pública
está focalizada en ese contexto. Ahora entraran los distractores, todo
sirve, hasta las oraciones de los ateos por un terremoto u otro
fenómeno. Las tragedias también sirven, de cualquier forma, las vacunas,
el miedo en sus múltiples manifestaciones, en fin, hace rato se
transgredieron todos los límites.