Otra
cosa es en Afganistán, las mujeres en Kabul, no tienen ni la
oportunidad de bailar y culpar al Estado violador, allí si que la cosa
es en serio, se les culpa antes de nacer, ni siquiera tienen la
oportunidad de vestir, ir a la escuela, trabajar o casarse con
consentimiento libre e informado o pactar un AVP, menos aun bailar y
cantar por la igualdad de género, los derechos de la comunidad LGBT, o
asistir a un carnaval del orgullo gay. Por cierto, tampoco se debate
por la identidad de género o si un niño llamado Muhammad, tiene dos
papás.
En
el orden judicial, tampoco la cosa es fácil, la scharia es la ley
aplicable que quieren imponer los talibanes y es muy clara, para quien
tiene relaciones sexuales y no está casado, sea mujer u hombre, el
castigo es de cien latigazos en público, pero a los que están casados
hay que apedrearlos hasta la muerte. Los hurtos se resuelven
rápidamente, simplemente se les corta la mano. Por cierto, nosotros
tenemos nuestros propios aprendices de talibanes que promueven la
castración química o el uso de grilletes, estas son manifestaciones algo
desquiciadas que con afán de protagonismo son propias de quienes no
trepidan en copiar cualquier brutalidad que se les muestra por las redes
sociales.
La
tragedia de Afganistán se arrastra por décadas, de ocupación en
ocupación, entre la guerra, los clérigos fanáticos, los señores de la
guerra, las potencias extranjeras y el tráfico de opio.
Esta
no es solo una derrota de los Estados Unidos o un recordatorio a la
vieja madre Rusia, sobre donde no intervenir, sino que una batalla
perdida para la civilización, para nuestros valores largamente
construidos, tras siglos de desarrollo de la tolerancia, superación de
las guerras religiosas y el combate a la ignorancia y el analfabetismo.
Al menos una de las lecciones es clara, en el nombre de la
autodeterminación de los pueblos no todo es tolerable.
A
pesar del enorme gasto militar, la intervención política y el discurso
sobre la democracia occidental y cristiana, los talibanes han triunfado
igual, un triste recordatorio que no siempre triunfa la razón, la
moderación y los derechos fundamentales, en realidad estos son una
delicada costra de civilización, muchas veces precaria, delicada y
vulnerable.
Las
mujeres afganas no tienen la oportunidad de exhibirse en público frente
a una mezquita para protestar, para hacerlo y no ser violadas o
asesinadas tienen que recurrir a las armas, que al parecer es lo único
que sobra en Afganistán, que entre la intervención soviética y
norteamericana recibió un equipamiento nada despreciable.
El
ejemplo de Lastesis, que se replicó en otros países de occidente, bien
puede inspirar una resistencia auténticamente feminista por derechos
básicos fundamentales para sus congéneres afganas, la solidaridad
internacional puede ser un gran aporte, allí donde las grandes potencias
fracasaron, se disputaron la hegemonía y no mostraron un auténtico
interés por la población sus mujeres y niños, pueden triunfar las
mujeres unidas y lograr mas que los marines.
Chile,
puede hacer algo más que recibir a diez refugiadas, hay una gran
distancia no solo geográfica entre Kabul y Cúcuta, sino que valórica,
ahora es el momento de mostrar generosidad y proporcionar asilo, y no
declaraciones altisonantes en que se está del lado del poderoso.