En
tiempos de definiciones y de aclaraciones certeras acerca de cómo debe
constituirse y proyectarse la relación social y ambiental en nuestra
comunidad nacional, el concepto de verdad tiende a teñirse de
convicciones oportunistas e incluso personalizadas y, evidentemente, a
desdibujarse. Cada uno de nosotros intenta mostrar convincentemente su
cercanía a la verdad, a la idea correcta, al argumento final, creyendo
estar en la única línea de desarrollo posible y claramente posados en el
camino y en el lenguaje a seguir para el cumplimento incluso de
profecías. Pareciera ser que cerca del corazón de nuestras verdades
construidas con esfuerzo y prestancia, hay algo notablemente resistente
para el análisis racional y que se opone a la propagación del
conocimiento y de una conciencia no manipulados ni censurados. Un amago
de esta liberación ilimitada de opciones para hacer coincidir
afirmaciones con hechos, es la presencia, cada vez más resistente y a
prueba de vacunas, de la distorsión deliberada de una realidad, que
manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión
pública y en actitudes sociales. Es la presencia innegable de la llamada
posverdad, un escenario fantástico e iluminado de posibilidades, en
donde lo importante no es precisamente la verdad, sino ganar la
discusión. Ya estamos plenamente insertos en esa realidad aportando, en
la medida de nuestras posibilidades sociales y económicas, al
desvanecimiento paulatino de los hechos objetivos. Es probable que,
consciente o inconscientemente, estemos contribuyendo al desarrollo de,
en palabras del humanista británico A.C. Grayling, una cultura online
incapaz de distinguir entre realidad y ficción y la consecuente
aparición de brechas e infelicidades, incluso en el ámbito de la
integridad personal y del tejido de nuestra sociedad.
Una
mirada alternativa y que viene de la mano de principios orientadores de
nuestra civilización, presupone la idea de que la historia de la
humanidad es la historia de la lucha por la Conquista de la Libertad,
innegable capacidad humana que permite auspiciar la existencia de una
cultura basada en principios reales como la fraternidad y la igualdad.
Para ello, se requiere aumentar el valor ético que tiene el diálogo
basado y fundamentado en un plano en donde la verdad no sea
menospreciada, ignorada ni obviada en beneficio de dogmas, prejuicios o
intereses hegemónicos. Este diálogo, refundado en la necesidad de contar
con una brújula para poder caminar y avanzar en nuestras vidas con una
orientación mínima, necesita seguir siendo la vía por medio de la cual
observemos nuestra realidad con objetividad, consistencia, imparcialidad
y sinceridad. Ello hace factible modificar decisiones y conducir a
nuevos y más sustentables destinos, minimizando errores y permitiendo
las posibilidades de autocorrección, particularmente cuando se trata ya
no de destinos personales sino colectivos. Permitir el anclaje y el
despliegue masivo de un ambiente de posverdad, es generar el espacio
apropiado para la emergencia de alternativas en donde suele primar la
injusticia, la ambición y la ignorancia. La capacidad de diálogo emerge a
partir de la intención fraterna y tolerante de buscar la real dignidad
de todo ser humano y debería ser un atributo que adorne, sin
restricciones, a cada integrante del colectivo humano, especialmente a
aquellos que aspiran a ser conductores y garantes de nuestras
comunidades.