Pareciera
ser que Chile tiene prisa en comenzar la producción de litio, pero
lamentablemente seguimos con el mismo pensamiento de extraer recursos,
dándole un mínimo de valor agregado. Y con eso nos conformamos. Sin
embargo, creemos que es hora de reflexionar a nivel país sobre este
asunto, y por qué no, pensar en grande.
Su
desarrollo está aparejado con la industria manufacturera, y por este
motivo, una opción a considerar sería convertirnos en productores de
baterías de litio. Desde el punto de vista de emanaciones de anhídrido
carbónico por parte de los combustibles al Medio Ambiente existen
soluciones. Hay que avanzar.
Chile,
a través de los impuestos y fuentes de trabajo, busca obtener
desarrollo y calidad de vida. El litio podría aportar a ambos objetivos,
siempre y cuando se impulse una clara
política de Estado para levantar fábricas de baterías. Su utilidad es
amplia: uso solar; automóviles; computadores portátiles; tablets o
teléfonos que requieren de baterías livianas, recargables y portátiles.
Por
otro lado, también se pueden explorar aplicaciones relacionadas con el
rubro de vidrios y cerámicas, entregando propiedades mecánicas, que
evitan la fractura del vidrio con el calor, ya que, al incorporar litio
presentan una menor expansión térmica y temperatura de fuego. Así,
entrega un valor agregado a la fabricación de aires acondicionados,
chalecos salvavidas, productos farmacéuticos, fabricación de plásticos y
polímeros, o incluso el uso estratégico de uno de sus isótopos en la
producción de energía nuclear.
En
el camino hacia el desarrollo, la manufactura de la extracción del
litio, junto a otras manufacturas, es parte de la gran solución a las
exigencias sociales que hoy demanda el país, especialmente en Educación,
Salud, Vivienda y Seguridad, por la alta cantidad de recursos que
podría obtener el fisco.
No se trata de oponernos a la simple extracción y posterior comercialización.
No es así. Se debe promover que haya un paso adicional hacia la
manufactura. Muchos advierten que, en tal caso, deberíamos competir con
países que cuentan con la tecnología y que implicaría un gasto mayor.
Pero,
cuando llegamos a esta parte donde nos preguntamos si tenemos los
profesionales y las herramientas para desarrollar este nivel de
tecnología, y si la respuesta fuese “no”, entonces ahí es cuando parte
la política de Estado: enviemos profesionales a estudiar a esos países.
Es una práctica común con buenos resultados en el mediano y largo plazo.