Lituania, donde la libertad se defiende

Hace
33 años, específicamente el 23 de agosto de 1989, más de un millón y
medio de personas se congregaron en una de las protestas contra el
totalitarismo comunista más grande que se tenga registro. A lo largo de
600 kilómetros, cruzando Estonia, Letonia y Lituania, los individuos de
dichos países unieron sus manos y crearon la “Cadena del Báltico”, con
el único objetivo de demandar al régimen invasor ruso-soviético que les
devolviera la libertad e independencia que cincuenta años antes habían
perdido luego que un 23 de agosto, pero de 1939, nazis y comunistas
acordaran dividirse Europa en el llamado “Pacto Mólotov-Ribbentrop”.

Las
ansías por romper las cadenas del yugo marxista-leninista estaban
presente en estos tres países, ese mismo día también se difundió en los
medios más o menos libres de las repúblicas del báltico una noticia que
daba esperanzas: una comisión del parlamento (comunista) lituano se
enfrentaba al poder del Kremlin y declaraba que la anexión de los tres
países por parte de la URSS (heredera de la actual Rusia) había sido
ilegal.

Ambas
acciones, tanto la de la sociedad civil movilizada por la causa de la
libertad como la de la élite política lituana, venían a moverle el piso a
una alicaída Unión Soviética que solo respondía diciendo que los países
bálticos sufrían del “virus del nacionalismo”, y que “ intentar volver a
trazar los límites de Europa del Este tendría un peligroso efecto
desestabilizador”, según afirmaba un alto dirigente del Partido
Comunista Soviético.

En
la actualidad Lituania recuerda estos momentos con orgullo; frente a la
Catedral de Vilna aparece la marca de dos pies descalzos que señalan el
hito de la Cadena del Báltico, también está el museo dedicado a los
Luchadores de la Libertad donde se exhibe la historia de sufrimiento de
los individuos del país tanto bajo el dominio nazi así como también
comunista.

El
compromiso del país por la libertad y la independencia no se queda solo
en recuerdos, también hay acciones concretas; hoy el imperialismo no
viene del comunismo soviético, sino que de la Rusia conservadora del
autócrata Putin. El país ha donado a Ucrania el 0.32% del PIB, recursos
que superan -como porcentaje del PIB- a lo donado por Reino Unido,
Alemania o Estados Unidos. Los individuos en Lituania saben lo que está
en juego, las banderas ucranianas que decoran sus avenidas principales
no son casualidad, la amenaza de una invasión está presente.

Thomas
Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, alguna vez
dijo que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”, en Lituania
lo tienen más que claro; sin embargo en nuestro país eso se descuidó
hace bastante rato. De los países bálticos tenemos mucho que aprender.

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