La hipocresía es un
modo de “moverse en el mundo”, es usar máscaras, fingir, un autoengaño.
La hipocresía tiende a instalar la simulación y el disimulo, es “la
negativa a aplicar en nosotros los mismos valores que aplicamos a otros”
(Chomsky). Todos caemos en la hipocresía, cual más cual menos, usamos máscaras, como la armadura oxidada del
caballero que cuesta sacarse, algunos se acostumbran y hacen de esta
actitud un modelo de existir. Pero, hay cosas que no son moneda de
cambio, hay cosas que no soportan caretas ni máscaras, elementos que no
pueden caer en el juego de las caretas: la moral y la ética. La moral es
un conjunto de valores que establecemos como medio de convivencia, y la
ética como la manera en que ponemos en práctica dichos valores. Pero,
más normal de lo que quisiéramos, instalamos eso de que “el hombre es la
medida de todas las cosas” y caemos en un relativismo insostenible
respecto a aspectos como el bien y el mal.
Cada uno se hace responsable
de sus ideologías, de sus creencias, de su manera de existir en el
mundo, pero cuando nos cegamos (y no por balines “supuestamente” de
goma), rodamos al precipicio del fanatismo, de la irracionalidad, de la
simple estupidez. Nuestra
Patria sufre, siempre ha sufrido, lo que pasa es que (como buenos
hipócritas), nos hicimos los soberanos pelotudos, ocultamos la basura
bajo la alfombra de la modernidad, del desarrollo, del progreso, pero
era mentira, el progreso no era para todos y el desarrollo y
prosperidad, solo para unos pocos, caminábamos sobre la alfombra que
invisibilizaba la pobreza, la miseria, el abuso, la desigualdad. Por décadas nos hicieron creer que éramos como el muchacho dueño de la pelota o la bicicleta en el barrio pobre y que
debíamos sentirnos orgullosos porque superamos los “mil días del
marxismo”, porque “logramos vencer el marxismo-leninismo” y nunca
seríamos como Cuba o, mucho después, Venezuela.
Pero era mentira, jaspe en vez de oro, lentejuela en vez de joya, fingimiento, autoengaño. Tuvimos la templanza de soportar (y obviar) injusticias tremendas, callamos mientras
descansábamos (los que podíamos), en nuestra burbuja, compramos
perfumes para alejar el olor de la pobreza, nos fuimos de nuestros
barrios, caímos en el consumismo y les seguimos el juego a los que
movían el hilo de nuestras vidas y nuestras conciencias. Instalamos como verdad (posverdad, en realidad), que las atrocidades de una de las dictaduras más crueles fueron “necesarias”,
que “algo andarían haciendo”, no eran “blancas palomas” y con la
idiotez de estos argumentos, le pusimos a nuestros dioses “monedas en su
frente” y asistíamos a misa, y nos decíamos seguidores de Jesús (que
otros hipócritas mataron), y comulgábamos y felices volvíamos a nuestras
burbujas protegidos por la “bendición del Señor”, pero era mentira, hipocresía. Con
la misma furia que en su tiempo gritaban “crucifícalo”, gritamos
“ándate a tu población, roto de mierda” y vomitamos sin asco la hostia
que te consagra, rompimos el pacto de la “preferencia por el más pobre” y
nos hicimos los huevones por décadas
Ahora
lloramos por los saqueos, entre gemidos pedimos “que nos salven”
(eufemismo para lanzar uniformes a la calle y ya sabemos cómo termina
eso), pedimos
respetar nuestro orden, nuestra institucionalidad, nos lamentamos
frente al monumento por los suelos, pero nada decimos de las muertes, de
los cientos de jóvenes mutilados por el “uso excesivo de la fuerza” y,
lo peor, nada decimos de Gustavo Gatica y Fabiola Campillay que
perdieron sus ojos, quedaron ciegos por vida producto de un salvajismo desenfrenado. Nadie hace apología de la violencia, pero, por si se les olvida, hay muertes, los Gustavos y las Fabiolas no pueden ser monedas de cambio. Basta ya, hipócritas, sáquense las máscaras, basta ya de no sentir compasión. “Los rotos de mierda salieron de sus poblaciones”, te guste o no. Para todos, como siempre, un abrazo.
P.D.: Menos para los hipócritas que prefieren llorar un monumento en el suelo y no la muerte y la ceguera.