Lo que el viento se llevó

¿Cuál
viento? ¿El de Lebu? ¿El de Punta Arenas? ¿Cuál? En realidad, no me
refiero a esos entrañables vientos ni al de la mítica película. Se trata
ni más ni menos que del viento que cruza este largo y angosto
territorio, de norte a sur, de la cordillera al mar, o del mar a la
cordillera. Se trata de aquella brisa que lleva y arrastra todo, más aun
lo perecedero, lo volátil, aquello que no ha echado raíz, lo que no
está anclado.

¿Volátil?
¿Perecedero? ¿Qué podría ser? Ufff, tantas cosas. Los sueños. Las
ideas. El tiempo. El conocimiento. Beachtung! Definitivamente hemos
puesto poca atención en lo que no se puede estacionar ni fijar. Sin
embargo, sin embargo, también lo imperecedero, lo material, aun así,
está sujeto a cambios, a modificarse, a mutar, a mudarse, si no a
desaparecer. Qué cosas, ¿no? ¿Y qué tipo de viento es ese? Es aquel que
está afecto a la temporalidad, a los ciclos, a aquello que no tenemos
modo de controlar, fijar, anclar. El reloj no cesa en su andar y sí en
un aparente control hace que todo mude, mute, cambie, si no desaparezca.

Raya
para la suma. ¿El tiempo? No se aferra. ¿Las ideas? Con mayor razón
cambian. ¿Los sueños? Claro que sí, son intangibles. ¿El conocimiento?
Se consigue, se estaciona, se supera a sí mismo, y transita a un nuevo
estadio.

¿Qué
se ha llevado el viento? Hum, mucho, es cuestión de pasar lista. La
mesura, la discreción, la concordia, el sosiego, la compostura, la
serenidad, el equilibrio, la moderación, la sensatez, la ponderación, la
sobriedad, la prudencia, el tino, el temple, el comedimiento, la
parsimonia, la moderación, la reflexión, la morigeración, la concordia,
la verdad, la templanza, la calma, la modestia, … y el acuerdo, la
unidad, la paz. ¿Qué debemos hacer, entonces? No auspiciar la
insensatez, el desatino, el arrebato, la descortesía, la irreverencia,
la desavenencia, la mentira, el exceso, la imprudencia, el menosprecio,…
A todas estas malas acciones, hay que espantarlas, hay que decirles
¡úchale, úchale!

La
verdad sea dicha, si fuese el viento el atrevido, a dónde llevó las
buenas acciones, las procedentes, dónde las dejó, así podríamos rec
uperarlas, digo.

La
verdad sea dicha, no es el viento el culpable, es el olvido, la poca
práctica, la falta de educación, la social, la familiar, la formal,
todas ellas, la falta de modelos.

¿Qué
hacer? Evaluar, escrutar, auscultar, diagnosticar, y… ponerse en
movimiento, ponerse en acción. Cambiar, modificar conductas,
promoverlas, con estímulos verdaderos, que no impliquen premios
metálicos de por medio. ¿Qué acciones? Aquí menciono algunas, estímulos
cordiales, desde el corazón, con el corazón, de corazón a corazón. Tomar
de la mano, mirar a los ojos, escuchar, hablar quedo, reflexionar,
nunca dejar de aprender, estimular los sueños, saludar, dar las gracias,
no perder las esperanzas, leer, visitar museos, creer, inspirarse,
crear, escribir, visitar a la familia, no aislarse, sonreír más, animar,
y animarse, ser curiosos,… Uff, tanto, y se dan cuenta de que no cuesta
tanto, al menos no hay que desprenderse de tanto metálico, incluso
diría, casi nada.

Entonces,
a cuidar las raíces, a fijar las virtudes, a arraigar buenas prácticas.
Ya es hora de empezar. ¡Manos a la obra, que es mucha la labor!

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