Es
un hecho empírico que las sociedades son más ricas y desarrolladas
mientras más libres sean y -en cambio- más pobres y miserables mientras
menos libertades gocen sus habitantes. La libertad que -con avances y
retrocesos- fue logrando lentamente la humanidad permitió a partir del
renacimiento una mejora fabulosa en el nivel de vida. El respeto por el
individuo y su propiedad fomentó el ahorro y permitió la formación de
capitales, dando forma al llamado capitalismo, o mejor dicho economía de
libre mercado, que se caracteriza por la producción masiva de más y
mejores productos, cubriendo progresivamente las carencias de las masas
que hasta entonces habían sido ignoradas. El capitalismo transformó a
las masas en soberanos caprichosos, que con sus decisiones de comprar o
no comprar deciden a quiénes enriquecer o a quiénes lanzan a la pobreza
si nos les entregan productos que les satisfagan.
Pero
no obstante el evidente mejoramiento del nivel de vida, demasiados
reniegan del sistema. Parecen inmunes a los argumentos y demostraciones
de cómo avanzaron la humanidad y nuestro país cuando se aplicaron
políticas más liberales. Mises nos da una pista de esta aparente
inconsistencia. Las sociedades antiguas precapitalistas estaban formadas
por clases estamentales rígidas, donde todos ocupaban una determinada
posición, de la cual no se moverían en toda su vida. Los aristócratas
tenían su riqueza gracias a la concesión proveniente del poder político
(el Rey) y el “pueblo” no tenía mucho que hacer más que soportar y
conformarse. Nadie tenía una responsabilidad personal por el resultado
de su propia vida. Simplemente era consecuencia de la cuna en que había
nacido. En cambio, bajo un sistema de libre mercado o capitalista
cualquiera que sea capaz de entregar un mejor producto y más barato se
puede hacer rico. Todo depende de las capacidades de cada cual para
satisfacer al consumidor.
Sin
embargo, el mayor bienestar personal que genera una economía de mercado
no es garantía de satisfacción personal. En vez de analizar su propia
evolución, muchos se comparan con pares que lograron grandes éxitos. Un
brillante intelectual podría ganar mucho menos que un excompañero de
colegio poco estudioso, que resultó un exitoso vendedor de salchichas.
Es simplemente porque hay muchas más personas que aprecian un buen
hot-dog que a los que les interesa seguir sesudos análisis. Entonces
surge la frustración y culpan al sistema que no los premia como ellos se
merecerían. Reciben en el proceso el estímulo de muchos políticos que
apelan al resentimiento y la envidia como forma de utilizarlos
electoralmente.
Es
inútil tratar de convencerlos que están equivocados, demostrando que
los resultados económicos del país son muy buenos. Solo aumentará su
íntima humillación. Más eficaz sería defender el sistema de libre
mercado por su superioridad moral. Solo la ética que fundamenta al
capitalismo permite considerar a cada ser humano como un fin en sí
mismo, cuyos derechos no pueden ser aplastados por intereses políticos
disfrazados de bien común. La persona como usted o yo es el eje de un
sistema de libre mercado, mientras que el eje del socialismo está en los
poderosos (políticos) que pretenden controlar la vida de todos
nosotros.