Los asilvestrados: perfil de la elite frenteamplista

Esta
es una radiografía sobre la generación que marchó por las calles y
llegó a instalarse a La Moneda, en una década. Un colectivo político del
progresismo local que dice sintonizar con las “demandas ciudadanas”. Un
grupo de pastores a cargo de un rebaño desmarcado de la transición y la
Concertación (los 30 años). Vástagos movilizados, descendientes que
mordieron la mano y llamaron a evadir. Una generación que mediante su
puesta en escena (perfomance) y relato ha favorecido la forma en la cual
la vemos. Según Contardo: “una izquierda desorientada en sus
prioridades y torpe en sus ejecuciones”, los que nos gobiernan desde
abstracciones, frente a una realidad que alecciona su impulso
asilvestrado y rupturismo salvaje. Son malos perdedores (se pican) y
apasionados (cegados) por avanzar diciendo: ¡seguimos!

Provienen
de universidades, asambleas (ese eterno asambleísmo que toma decisiones
poco democráticas en forma y fondo); de movilizaciones con petitorios
corporativistas y luego de alcance nacional-universal. Están a un paso
de exigir días de duelo estelar al morir una estrella. Desde esas
asambleas vienen predicando sobre el feminismo militante y la igualdad
de género; dentro de las colectividades frenteamplistas los hombres
están sometidos al correccionismo (ley del talión), lo masculino y
femenino se tornan difusos y fluidos. Son la nueva izquierda, los
progres con ideas nuevas de puro viejas. Carga con un componente
integrista, castigan y se castigan desde lo flagelante, censurando el
disentir interno de sus colectivos. Buscan redimir sus pecados y
mantenerse inmaculados a pesar de ser vanidosos (as) y lucir objetos
suntuarios y de status. En secreto, les gusta la farándula.

Generacionalmente
son hijos y nietos del Chile: democrático, próspero y en colores.
Nacieron en comunas sin contrastes ni calles de tierra. Provienen
principalmente de colegios particulares (pagados en UF), lejanos de la
pobreza y la marginalidad, con participación en centros de alumnos y en
la acción social de sus colegios, de esas ayudas en alimentos no
perecibles donadas a “los pobres”. De seguro, ese fue su primer
acercamiento (remoto) con la pobreza y marginalidad, ante la cual
realizan genuflexiones, buscan fervientemente redimir a los
“vulnerables”. Parece ser que “viven en un estado de ensoñación” y
ansiedad perpetua al estar rodeados de tecnología, likes, seguidores y
todo ese mundo digital de lo instantáneo e inmediato (desechable), con
una obsesión por estar y no perderse nada de lo que pasa en las redes
sociales; una generación apegada a lo visual y a los accesorios
tecnológicos, gozan del capitalismo tecnológico sin culpa.

El
punto geográfico y urbano que los une y reúne en sus momentos de ocio
es el “Reino de Ñuñoa”, comparten barrios, bares, restorantes y calles.
Deambulan utilizando un lenguaje inclusivo (por suerte en retirada),
soñando con un Wallmapu libre, semejante al paraíso bíblico (muy pocos
ya se refieren a las tierras de Elisa). Comparten la moda, gestos y
gustos que los vuelve reconocibles, aunque renieguen son parte de la
elite y sus privilegios dados y heredados como el ocio, el cual no
necesariamente lo destinan a leer ni estudiar, son más visu
ales
y auditivos, aprenden mediante series de moda, podcast y videojuegos,
todo lo anterior, lo combinan con el bagaje posmarxista y populismo de
sus gurúes en las universidades locales y mundiales. Sus causas suenan
bien, aunque no necesariamente sean sensatas ni fundadas. Lo mismo
aplica a sus “gustitos” en las relaciones internacionales.

Están
siempre dispuestos a amplificar los conflictos (agudizar las
contradicciones del neoliberalismo), responsabilizando al otro tal por
el tropiezo en el objetivo buscado. Se han ido convirtiendo en una
tribu, poseen una identidad de clan, junto a una estrategia de manada
cuando es necesario cancelar y “funar” a un enemigo o a un cercano,
ofrendan a sus dioses a sus propios vástagos. Allende es una figura
divina, un icono celestial, un referente que no conocen del todo, menos
el proceso histórico de la Unidad Popular. No pocos sostienen que el
propio Boric imita a Allende en gestos y vestimentas, una especie de
puesta en escena y cosplay. Todo parece ser parte de un libreto y de la
gramática del espectáculo. Son los únicos que entienden el concepto y
mandato de lo digno y la “dignidad” que debe esparcirse cual maná en los
sectores populares. Muy pocos osan mencionar la plaza olvidada.

Su
lenguaje tiene muletillas y a ratos es muy enredado, un lenguaje
soberbio con frases mediáticas: “habitar el cargo”, dicen poco en mucho y
recurren constantemente a lugares comunes a pesar de sus aires de
intelectuales y de sabihondos. Combinan la narrativa con lo
performático, la imagen lo es todo. En esta generación nada queda al
azar y muy poco es espontáneo en sus intervenciones televisivas, quizás
en las redes sociales son menos libreteados y empaquetados. Su último
gran invento es dividir los objetivos en avances o retrocesos
civilizatorios, es el nuevo mantra de esta generación. Dicho en simple:
si ganan es un avance (celebran), pero si pierden en su propósito es un
retroceso civilizatorio (pataleta), realmente creen que “vienen de
vuelta” y nos dicen que vayamos “a la esquina a ver si llueve”. La
medida perfecta para su mundo y piedra filosofal es su propio ombligo
progresista, medida que acompaña esa moral distinta y superior (a ratos
es más distraída que distinta).

Estas
líneas contrarias a la corriente y correcto, están basadas en el
artículo de la periodista, Ximena Torres, publicado en el sitio web del
diario “El País”, el 20 de abril reciente. Otro componente de lo
expresado, es el repudio ficcionado, cualquier semejanza con la realidad
es mera coincidencia (sin picarse). El telón de fondo de lo escrito va
acompañado de una canción y letra de los Prisioneros: ¿Por qué no se
van?

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