Los cambiantes escenarios de un proceso

Bastaría
con observar un poco nuestra realidad, para extraer algunas lecciones
de sentido común. Una de ellas —y a mi juicio, importante— es que, como
dice el refrán, “la historia nunca está escrita de antemano”. A menudo,
lo imprevisto suele suceder y, lo improbable, hacerse realidad para
configurar rumbos. Las leyes del determinismo son permanentemente
cuestionadas por esa praxis de la que hablaba el célebre melenudo de
Tréveris; y, es más, lo volátil e improbable del acontecer, que
pareciera avanzar como un misil, ha pasado a convertirse en la norma que
encadena el transcurrir de los hechos. Siempre he guardado una
distancia prudente con los análisis de escenarios futuros de ciertos
investigadores o aprendices que abundan por las facultades, escribiendo
artículos leídos y criticados —a veces con fuertes polémicas—entre los
cerrados círculos académicos.
El
incierto resultado del plebiscito era un escenario muy poco probable
hace un año. ¿Qué ha sucedido entonces, en unos pocos meses, que pueda
explicar esta rápida evolución que hoy tiene en ascuas a los analistas?
Un
primer cambio, es que Chile eligió a otro Presidente, el que hizo suyo
el apoyo al proceso constitucional y al texto propuesto a plebiscito.
Tan suyo lo ha hecho, tal ha sido su entusiasmo y compromiso con la
opción “apruebo”, que no falta quien especule que ha condicionado su
devenir al resultado de la consulta. Hoy, a solo días de su celebración,
pareciera que cualquier victoria será estrecha. Y este hecho en sí, es
desde ya muy significativo, pues una nueva constitución requeriría de un
contundente apoyo ciudadano, comparable al menos, con aquel que
respaldó inicialmente el proceso.
Haremos
énfasis en solo dos razones, que a nuestro juicio contribuyeron al
cambio repentino de escenario político: primero, habría que precisar que
el funcionamiento de la Convención se encargó de ir desencantando a una
buena parte de la ciudadanía. La soberbia e intolerancia de muchos
ganadores, el comportamiento de una parte de ellos —mezcla de liviandad y
falta de preparación técnica—, un cierto ambiente de descontrol, con
varios actos reñidos con la decencia, la falta de escucha y de diálogo,
de querer unir voluntades ante la importancia del mandato que les fue
conferido… esto, y algo más, le jugaron una mala pasada a la gente que
votó masivamente por cambiar la actual constitución, delegando su
confianza —cuando no su esperanza— en esos representantes. Y no hay nada
peor que sentirse traicionado. Lo segundo, y más importante aún, es el
contenido del texto. Más allá de sus problemas de forma —que no son
menores— y de la extensión y complejidad del articulado, el proyecto
propone un cambio refundacional del Estado-nación, pretendiendo romper,
nada menos, que con doscientos años de historia republicana. La excesiva
cantidad de “acciones afirmativas” en favor de minorías sociales,
termina por atomizar completamente una sociedad, convirtiéndola en una
suma de identidades, sin proyecto común ni proyección de futuro, pasando
el país a ser un conjunto de pueblos-naciones. Esta visión, que incide
radicalmente en una cohesión social ya a mal traer, conlleva al
desmembramiento de la organización del Estado republicano, tal cual ha
funcionado, por lo menos, desde el último siglo: modificación en la
separación de los poderes y el funcionamiento de la justicia; cambios
sustanciales en el poder legislativo con el reemplazo del Senado y el
cuasi monopolio legislativo de un Congreso de amplias prerrogativas; un
ejecutivo híbrido, pero con posibilidad de reelección; la multiplicación
de instancias regionales de decisión con autonomías territoriales que
afectan el buen funcionamiento del Estado unitario. Se trata de temas de
fondo con los que una buena parte de la ciudadanía no se siente
interpretada. La cantidad de derechos que el texto reconoce —algunos con
perspectivas vanguardistas— no parece compensar el carácter rupturista
ni la voluntad refundacional expresada en un articulado confuso, que no
cumple con el objetivo de unir —en la igualdad, la fraternidad y la
justicia— al pueblo chileno, para proyectarlo hacia el futuro.

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