Desde octubre de 2019 estamos en un país absolutamente descabezado. Sin liderazgo.
Estamos en un país con un desgobierno total y la culpa no es de uno solo. ¡Es de todos!
Independiente de la Constitución de turno, hay una absoluta falta de respeto a las normas a la institucionalidad.
¿Y a las autoridades? Bien, gracias, les da lo mismo.
Nadie actúa dentro de sus facultades conforme al marco jurídico que como país y democráticamente nos hemos dado.
Se
supondría que las normas a las que nos sometemos y a las cuales están
obligadas las autoridades nos debieran permitir una sana convivencia,
ordenada y pacífica donde nadie debiera preocuparse por su libertad,
integridad física o bienes.
Pero eso en Chile no existe hace rato.
En
Magallanes una persona burla el toque de queda, maneja en estado de
ebriedad, no admite responsabilidades y ¿nuestras autoridades?
Nadie endurece medidas, porque desde hace rato importa un bledo.
Nuestra
Constitución establece el Principio de Legalidad, por el que ningún
funcionario del Estado puede arrogarse otras facultades o derechos que
los expresamente establecidos por ley. Es más, todos ellos juraron
respetar la Constitución y las leyes y nadie lo hace.
Las instituciones desde hace mucho rato que en Chile no funcionan.
El
año pasado nos dimos cuenta, por ejemplo, que el Presidente de la
República promulgó una ley (de servicios básicos) que el Gobierno había
declarado inconstitucional o que hoy nuestros parlamentarios consideren
que es posible obviar la Constitución a pretexto de cualquier valor
superior.
Es
impresentable que nuestro Congreso Nacional se haya convertido en un
circo., con aprobación de proyectos de ley inconstitucionales.
Llega a ser amenazante que funcionarios públicos promuevan medidas que dañan la institucionalidad.
Llevamos casi dos años con el centro de Punta Arenas absolutamente destruido, dañado, vandalizado, rayado y ¿la Fiscalía Regional? Bien, gracias. En un estado de impunidad total.
Llega a ser penoso que los tribunales se salten las leyes y la Constitución y hagan activismo a través de sus fallos.
Y
lo que más no alarma en una región como Magallanes, caracterizada
antaño por su calidad de vida, es que si los ciudadanos permitimos que
actitudes como las descritas se sigan realizando, validamos que
autoridades electas democráticamente atenten contra la institucionalidad
que permitió su elección. Esto es una grave amenaza para nuestras
libertades y derechos.
Acá
hay candidatos que trasgreden todas las normas y no se les dice nada.
Por eso es preocupante que estemos en un país donde día a día se nos
impulsa a desafiar las instituciones y validar la injusticia, la
desigualdad, amparada desde hace años por el fanatismo y las ideologías.
Chile se ha convertido en un país de angustia, un país depresivo.
Nos
hemos visto frustrados, porque creíamos ir en pleno crecimiento como
nación y desde hace dos años estamos totalmente estancados. Estamos en
una encerrona de la cual no podemos salir.
Chile tiene problemas sociales, económicos y políticos. Y reitero: todos somos culpables.
Le
tenemos miedo a la pobreza, que según las cifras se mantiene controlada
si es que miramos y nos comparamos con nuestros vecinos. Pero hoy
tenemos lo que simplemente merecemos, porque es nuestro propio país el
que se ha negado a crecer, por egoísmos propios y por conveniencias de
unos pocos.
En nuestro país hoy predomina una oposición a crecer como nación y eso lo mantiene estancado.
No
nos gusta el éxito. Y eso ya está comprobado, porque a todo el que le
va bien hay que ver la forma de “bajarlo”, porque no nos cabe en la
cabeza que su riqueza la haya conseguido de buena forma, con triunfos en
su vida laboral y ahí se nos sale toda la envidia. Y maldecimos a
todos.
Somos
un país pueblerino, que cada día goza de mayores egoísmos. Chile ya no
es el ejemplo de solidaridad que nos hicieron creer por décadas. Andamos
estresados, con negativismos y por eso se llegó a destruir ciudades
enteras.
Nuestro
problema se ha visto agravado con la pandemia, porque no estamos bien
sicológicamente con una serie de restricciones y con un gobierno
dictatorial con sus medidas sanitarias que no han dado resultado en más
de un año porque cada uno viola las mismas normas.
Hay
una anarquía que nuestros padres ni siquiera la imaginaron alguna vez y
que nuestros antepasados se avergonzarían de presenciar.
El chileno está protagonizando problemas internos que no nos dejan avanzar.
En
este país no hay condenas contra quienes se han enriquecido ilegalmente
y con ello ya dejamos entrar al narcotráfico, que está ahí a la vuelta
de la esquina, en la casa que usted nunca se imaginó. Hoy estamos
enfrente de corrupción pública (funcionarios ladrones, sindicalistas
mafiosos) y delincuentes comunes que reinciden y nadie les dice nada.
Ahora,
recurrir al delito, a la corrupción, al robo o al narcotráfico para
producir ilegalmente lo que se niegan a generar bajo el imperio de la
ley no hará que el país sea rico. Lo que probablemente surja (o mejor
dicho, se consolide) es una nueva nobleza compuesta por mafiosos,
funcionarios corruptos, narcos amparados por el poder y revolucionarios
de pacotilla que vivirán como reyes. Y los chilenos honrados se hundirán
en la pobreza.
El
chileno más resistido por todos es aquel que tuvo éxito material en la
vida por la vía del trabajo lícito, pero al delincuente lo avalamos.
Estamos
mal, con políticos que quieren eternizarse en el poder, con
parlamentarios que avalan el nepotismo y que instalan a sus
parlamentarios en altos cargos. Vea los apellidos que se repiten en el
Congreso.
¿Para
usted es sano que padre e hijo sean parlamentarios? ¿Y que esos mismos
padre e hijo traten de instalar a un abogado santiaguino como
constituyente por Magallanes?
¡No pues!
Llegó la hora de que nos sacudamos y salgamos de esto.
El
nivel de deterioro mental masivo que sufre hoy nuestro país implica un
retorcimiento tal de los valores constructivos de la vida pacífica y
progresista que uno duda seriamente de que tal extravío tenga vuelta
atrás.