Los niños de la calle

El 12 de abril de cada año se conmemora el Día Internacional
de los Niños de la Calle, y si no fuere por eso, muchos no nos daríamos
cuenta de la tremenda afectación que padecen miles de infantes producto
del abandono en que se encuentran debido a las particulares
circunstancias de vida que les ha correspondido enfrentar.

Las
diferentes realidades son patentes, pero pasan invisibilizadas cuando
tenemos nuestras propias prioridades, entre las cuales está el
otorgamiento de facilidades al desarrollo de nuestros hijos, como
también la, muchas veces, excesiva preocupación de su bienestar,
tratando de que no sientan el dolor de la amarga experiencia de la vida
que nos ha tocado a todos. Así las cosas, cuando nos encontramos con
niños pidiendo, en hogares mal constituidos, en protección del Estado o
derechamente en la línea más dura que es la batida personal de la
sobrevivencia a través de la delincuencia, no podemos quedarnos en la
indiferencia y distraernos con otros temas.

Actuamos
con apatía cada vez que vemos a alguien en ese estado, pues lo
valoramos de acuerdo a nuestra propia experiencia. Lo hacemos desde la
madurez de los años que han pasado, con toda la carga emocional, de
afectos o deserciones, y no nos es posible rebajarnos al nivel de la
mente limpia o enturbiada de un menor. Mirando desde lo alto de nuestra
edad podemos dar señales seguras de que, estando en sus situaciones,
podríamos sobrevivir, hacerlo mejor y quizás cambiar. Pero las cosas no
son así, ellos son un cántaro sin llenar, donde cualquier situación
entra en sus mentes como un chispazo y distorsiona su crecimiento porque
carecen de la capacidad o la oportunidad de valorar las distintas
alternativas o caminos que tiene cualquier otro.

La
ausencia de caricias, de consejos oportunos, de ejemplos a seguir, los
vuelve errantes en un mundo que pareciera no ser el de ellos. El padre
Hurtado fue capaz de generar una gran conciencia social sobre este tema,
tratando de rescatar de aquellos pantanos a quienes no tenían más
futuro que la muerte o una especie de esclavitud social, donde podrían
desarrollar las más miserables tareas, aquellas que nadie quiere hacer y
que por lo tanto son subvaloradas.

Los
niños de la calle no tienen calor y lo máximo que consiguen es un techo
donde cobijarse. Sus vidas estarán en una constante búsqueda de afecto,
pero en sus condiciones resultará muy difícil encontrarlos. Más fácil
es a las personas acurrucar a un animal abandonado que a un niño de
carne y hueso. El destino de ellos dependerá de nuestra empatía, de
poder imaginarnos por unos largos momentos lo que es estar así, de los
peligros que encierra la calle, de la noche, del frío y de las malas
compañías. Mientras más nos demoremos en conciliar estos aspectos, más
nos expondremos en ser víctimas de muchos que verán la vida fácil de la
delincuencia para subsistir.

En
el día de los niños de la calle no debemos pensar en la pena que nos
pueda dar, sino en cuánto es lo que podemos cooperar para sacarlos de
allí, y muchas veces no es con el vuelto de una compra, sino con una
sonrisa, una palabra afable o una caricia. La respuesta será increíble,
porque eso tarde o temprano les cambiará la vida y les dará consuelo.

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