Todavía
quedan algunas secuelas de lo que dejaron los resultados de la Prueba
de Acceso a la Educación Superior (PAES), y tal como hemos visto y
escuchado, los resultados no estuvieron muy cerca de las expectativas
generadas previamente, al mismo tiempo que confirmaron lo que de alguna
manera ya sabíamos y que no ha cambiado mucho con el tiempo, y es la
brecha que se mantiene entre la educación pública y privada.
En
primer lugar, es oportuno felicitar a quienes tuvieron un destacado
desempeño, a sus establecimientos y comunidades educativas que,
legítimamente, han demostrado sus capacidades en esta nueva prueba.
Saludamos
a sus familias y especialmente a aquellos que, teniendo la posibilidad
de emigrar y elegir cualquier universidad del país, han elegido
continuar sus estudios superiores en nuestra región. Sin dudas que es
una señal positiva e importante para Magallanes y para el sistema
educativo local.
Por
otra parte, hemos asistido a una discusión sobre la calidad educativa,
basada en los recientes resultados y en los puntajes destacados, en los
que salen en la foto, olvidando o dejando de lado, el panorama completo.
Me refiero a las y los jóvenes que no obtuvieron puntajes nacionales y
que también postularán a la educación superior, y también a los que
ingresarán a estudiar una carrera técnica.
Una
vieja pelea, casi como en el fútbol donde solo importa ganar y no vale
nada más que el resultado. Pero, ¿qué pasa con jugar bien? Perdonando el
ejemplo, en esta ocasión, regresamos a las teorías que promueven el
exitismo, restando valor a los que, sin salir en la portada, con mucho
esfuerzo y voluntad, seguirán estudiando.
Cuánto
deportista destacado de talla mundial, ingeniero o ingeniera, profesora
y profesor en la ciudad o en el campo, enfermera o enfermero, o técnico
superior, ejercen día a día su profesión con pasión y cariño, y
probablemente ninguno de ellos fue puntaje nacional, sin embargo,
abrazan su trabajo con entrega absoluta, ejerciendo roles relevantes
cada uno en su área de desempeño.
Centrar
el debate exclusivamente en los “resultados”, a partir de los puntajes
que deja una prueba, nos hace olvidar las miles de historias familiares
de sacrificio y esfuerzo que existe detrás de todos esos jóvenes que
también comenzarán a cursar una carrera profesional o técnica.
Claramente,
no hay que pasar por alto la deuda que tenemos con la educación
pública, pero más que imponer la palabra fracaso, sería conveniente
empezar a discutir en serio en cómo mejorar el sistema educativo, o en
cómo brindamos más y mejores oportunidades a las familias.
Repensar
en los liceos emblemáticos y lo que han representado durante los
últimos años, en las condiciones laborales de los docentes, en la
infraestructura, en la pertinencia de los contenidos y planes de
estudio, en las particulares geográficas, en el rol social de las
escuelas en cada una de sus comunidades, constituyen aspectos
importantes en el conjunto educacional y la anhelada calidad de la
educación.
Reitero,
no debemos olvidarnos de todo lo que nos falta para mejorar las
condiciones de la educación pública, por cierto que nos falta avanzar,
pero considero que existen otros variados temas vinculados que deben ser
tenidos en cuenta al reflexionar sobre educación.