Los pasos del día a día

El
ser humano es una especie que, desde que se bajó de los árboles y se
dio cuenta que podía caminar, no ha dejado de experimentar. Estar en el
sitial en que nos encontramos es gracias a la cantidad de errores y
aprendizajes cometidos por miles de generaciones antes que la nuestra.
No seremos ni la última ni la más ilustrada de todas, pues vemos con
fascinación c
ómo
nuestros hijos y nietos adquieren y desarrollan nuevos conceptos de la
vida, de sus valores, del manejo hiperrealista de las nuevas tecnologías
y un gran sentido práctico del cuidado del medio ambiente, entre tantas
otras cosas.
Cada
primer día de un nuevo año es una propuesta de comenzar a andar un
camino recién pavimentado que se extiende por todo el largo calendario.
Los pastelones del primer mes se ven más grande
s y más cerca,
y al mirar a la distancia se van estrechando en la perspectiva que solo
se puede visualizar lo que acontecerá solo algunos meses más. Los
últimos aparecen apenas como un punto que se pierde en el horizonte. Es
un nuevo comienzo y se trata de dejar atrás los malos momentos, los que
uno quisiera no haber vivido o los que nos seguirán para toda la vida
como cicatrices.
Pasamos
el 2021 discutiendo sobre nuestro futuro común, como si el último día
de ese año fuera un frontón al cual chocaríamos irremediablemente y
nuestras vidas, nuestras comodidades y realidades se harían humo.
Resultaba indignante ver, leer y oír comentarios apocalípticos que
generaron ansiedad, estrés y mucha depresión en las personas
,
y hoy, al pasar esa pared de cristal, vemos que la ruta continúa sin
alteración y que lo que habrá de venir será nuestra fugaz huella en la
historia.
Quienes
han vivido arrimados a los árboles de la abundancia; quienes no han
tenido que soportar carencias, lesiones o pérdidas; quienes se han
olvidado del esfuerzo, sacrificio y tesón que debieron soportar nuestros
padres, abuelos y los recontratatarabuelos que alguna vez tuvimos, son
los que se han dejado seducir por el fatalismo que implica el riesgo de
dar un paso más. Se ha vivido de manera tan concéntrica que resulta
pavoroso decidir ponerse los lentes, abrir las ventanas, subir una
montaña y mirar la vida como lo que es:
una experiencia que vale la pena. No
temer al segundo paso, porque en los últimos decenios hemos avanzado
tanto y en tantas áreas que resulta incuestionable que seguiremos
evolucionando en conceptos, valores, avances científicos y tecnológicos
,
y no podemos quedarnos anquilosados en lo que se dijo, afirmó o confesó
como una verdad absoluta que se impone como techo a cualquier nueva
idea.
El ser humano desde que comenzó a alejarse de su árbol guarida ha debido enfrentarse a peligros de todo tipo,
desde el ataque de una fiera, a los eventos naturales, a las guerras
fratricidas y ahora a los bichos invisibles que han cambiado nuestra
forma de ser. La vida en relajo nos ha llevado a ser extremadamente
sedentarios y muchos no quisiéramos que algo cambie para no tener que
readecuarnos a nuevas realidades. Hoy enfrentamos peligros que no
podemos controlar: el profundo desapego de lo ético, donde estamos
expuestos a un nivel inusitado de delincuencia e irresponsabilidades que
nos expone a ser amenazados, lesionados o muertos dejando profundos
sentimientos de terror, dolor y lágrimas.
Hay que ir paso a paso en esta vida. Ninguno de los pasos estará seguro,
y hay que aprender a transitar con la confianza de que el mundo no se
detendrá y que debe hacerse con precaución y con la resolución de que si
se tropieza se habrá de volver a alzar y continuar. Quedarse en casa a
esperar que las tormentas pasen es como volver al árbol del cual
nuestros viejos ya bajaron y al cual juraron no regresar.

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