Los prisioneros del Frente Amplio (FA)

La
primera vez que escuché a los Prisioneros, fue en mi natal y austral,
Punta Arenas, ese rincón del mundo alejado de todo. Fue a fines de los
años ochenta, en una radio con un parlante (posiblemente JVC o Hitachi),
radios que llegaban a la Zona Franca; ese paseo de fin de semana, con
un extenso traslado desde el barrio, donde la prisa no tiene prisa y el
rostro soporta las rachas de viento. Una tarde cualquiera, el vecino
puso su radio en la puerta de su casa, rodeada de latas amarillas, las
cuales generaron un eco de “La Voz de los ‘80” y del “El Baile de los
que Sobran”. La primera vez que supe del FA, pensé que su aparición no
tendría mayor asidero. Hoy padecemos su permanencia en el poder.

La
canción se detuvo ante la inconfundible voz de mi abuela y su
perentorio: “ven a comer”. Un escenario único e irrepetible con mis
abuelos, en el barrio 18 de septiembre, con esos atardeceres de verano,
donde el día y la noche se confunden, y el atardecer se alarga a favor
de quienes jugábamos en la calle. En el barrio del “bombazo” y en la
calle 5, pateábamos piedras e improvisábamos arcos de fútbol, con
algunas travesuras, sin exceder los limites; sin siquiera imaginar el
uso trascendental de las piedras en el desarrollo humano, lo lítico
generó armas, herramientas, viviendas, templos, murallas, caminos,
ofrendas y objetos suntuosos.

Los
Prisioneros, nunca fueron de mi agrado musical, pero representan una
época y un estilo musical y contestario, una banda con reconocimiento
más allá de nuestras fronteras, con sus alocuciones, rebeldías y letras
que retratan una visión de la época. Hace muy poco, sonó a mi alrededor
“El Baile de los que Sobran” y decidí descargar la “playlist” del grupo
en la aplicación de la manzana. Sus 26 canciones, fueron un viaje al
pasado, a ese Chile en blanco y negro. Pista tras pista llegué a una en
particular, una voz me dijo: “si quieres te ayudo a entender al FA, sus
conductas, intervenciones y dramatizaciones. Soy el compositor y esta
letra del ayer permite comprender a la elite gobernante, esos novatos
que nos gobiernan, con grandes mensajes, pero nula experiencia”. De
pronto, en pleno 2024, la canción “Nunca Quedas Mal con Nadie” cobró
vigencia. Los acordes inconfundibles delatan a una generación que
exaspera, nueva izquierda con recetas añejas, en eterna ensoñación. Un
FA que busca eliminar el “neoliberalismo” desde su soberbia y
privilegios, quieren eliminar el modelo del cual tanto han profitado. La
canción en sus 4 minutos, dice algo así:

“Tú
te crees que protestas. Tú te crees un rebelde o algo así”. La
generación gobernante viene de la calle, pero no de tierra precisamente,
proviene de casas de estudios, asambleas y marchas con cientos de
recetas que hoy chocan (favorablemente) con los porfiados hechos (la
frase pertenece a Gonzalo Vial). Mediante las protestas y tomas de
espacios pasaron de la calle a las instituciones y al Estado, con
sueldos millonarios. Vaya paradoja, creemos que les falta calle, aunque
ellos culpan al empedrado cuando algo no les resulta, ya que no estamos
en su estadio moral. Sus conceptos (mantras modernos) están por sobre la
realidad y el sentido común.

“Tú
te crees juglar moderno o algo así”. Gobierna un juglar, uno recita
ante el pueblo, un trovador que habla con megáfono a su tribu
generacional, sin convocar mayorías ni grandes acuerdos; sigue habitando
el palacio, en una verdadera práctica profesional millonaria,
financiada por todos nosotros. Es un trovador de las redes sociales,
muta en sus discursos según la ocasión, va desde un declarado allendismo
hasta sus eternas frases frente a tragedias nacionales. Posee un estilo
errático, a ratos pauteado por el Partido Comunista y las aplicaciones
sociales de moda; cuesta creer que sus cambios de opinión sean
aprendizajes, quizás es un eterno: “Nunca quedas mal con nadie”.

“Te
crees revolucionario y acusativo”. Antes de gobernar, criticaron todo y
a todos, hoy cual paradoja musical: “otra cosa es con guitarra”. Tapan
sus errores con un relato tribal y propuestas que calman a sus electores
de comunas (nichos), el propio Noam Titelman alerta una “ausencia de
reflexión política” que los sostenga como proyecto político, más allá
del descontento que dijeron representar en la calle. Quieren enterrar al
capitalismo, derrotar a ese enemigo que conocieron en la universidad
(adoctrinados), pero el epitafio del capitalismo dirá que esta
generación gozó de todos sus privilegios materiales e inmateriales.

Viven
en un permanente estado de ensoñación, creen que la democracia comienza
con ellos. Dicen ser revolucionarios, olvidando que toda revolución
siempre devora a sus autores. Es de esperar, que no vuelvan a gobernar,
menos tras su cuestionada participación y complicidad durante la asonada
popular, mal llamada “estallido social”. Es una generación déspota, que
abusa de los discursos y las puestas en escena. Es una tribu, que
encubre sus inconsecuencias e inconsistencias. Son los mismos dicen
poseer una “escala de valores y principios” superiores, por eso culparon
de todos los males a la concertación y a la transición, cual pecado
original, del cual ellos, sólo ellos, nos puede redimir. Hasta el
momento, sólo han demostrado una moral distraída, no sólo en el caso
fundaciones y los millonarios traspasos, una gran farra al estilo
universitario y una resaca que tiene al país en un mal momento. Es una
generación indolente e irresponsable, porque los costos sociales no los
pagan ellos, recaen sobre los mismos de siempre, porque sus apellidos no
son González ni Tapia. Hoy los prisioneros del FA somos nosotros, en un
año clave en lecciones y elecciones, hay que reaccionar y levantar la
voz, de lo contrario el futuro será ninguno.

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