Los pueblos originarios siquen aquí

Hace diez días, un grupo de mujeres, hombres, niñas y niños, marcharon por las calles de Puerto Williams, portando carteles donde las palabras más destacadas eran “dignidad” y “basta de promesas”. Eran miembros del pueblo Yagán, uno que muchos imaginan extinguido y relegado a imágenes de museo y libros de etnología.

Pero el Pueblo Yagán es una comunidad que sigue viva a través de los descendientes de los antiguos canoeros australes, que durante 7.000 años mantuvieron la cultura originaria más austral del planeta. Son pobladores que se ganan la vida de la misma forma que el resto de los chilenos que los rodean.

Pero ellos tienen una herencia, una que fue conservada de la mejor manera que se pudo frente al embate implacable de la cultura cristiana occidental. Hoy solo queda una hablante nativa de su idioma original, el “yamanihasha”. Pero eso y el mestizaje no son un impedimento para exista una comunidad que se siente Yagán y depositaria de un saber íntimamente ligado al paisaje del confín del mundo. ¿Por qué entonces muchos chilenos no saben de su existencia? Lo que ha ocurrido es que se impuso una visión “extincionista” respecto a los pueblos originarios australes y de la Patagonia en general, una que le ha sido útil a las clases dominantes para acallar las reivindicaciones que estos pudieran levantar. Como ahora está ocurriendo.
Mientras Puerto Williams ha experimentado un notable crecimiento en términos de actividad económica y de infraestructura, los descendientes de los primeros habitantes de la zona se han sentido postergados, viviendo la mayoría en condiciones precarias en Villa Ukika. Se les ha prometido nuevas viviendas que aún no se construyen y muy cerca una planta pesquera tira sus residuos.

Pero esto va más allá de promesas incumplidas o en una larga tramitación. Se trata de reconocer al pueblo Yagán como una entidad preexistente al estado chileno y con sus propias prácticas culturales, sin importar de cuantas personas se trate. A ellos se les ha limitado en el ejercicio de esas prácticas, prohibiéndoles navegar, cazar y recolectar hierbas medicinales e insumos para artesanías en una isla que ya ni siquiera pueden recorrer libremente. Una situación similar enfrentan los Kawesqar residentes en Puerto Edén, que han denunciado el acoso de funcionarios públicos por temas de pesca, la esencia misma de su milenaria cultura.

La conservación de zonas cada vez más críticas para aminorar el impacto del Cambio Climático, como lo son los bosques templados fríos de la zona austral, no puede hacerse sin considerar a los seres humanos que son parte de ese ecosistema. Cada vez más se reconoce en el mundo el papel que los pueblos originarios tienen como conocedores de estos ambientes. No se puede ni se debe pensar en la preservación de los espacios naturales sin considerar a las culturas que surgieron directamente de ellos. Lo contrario sería simplemente convertir la naturaleza en un jardín para el disfrute de un grupo de privilegiados.

Los pueblos Yagán y Kawesqar están vivos y exigen sus justos derechos a la tierra y a practicar sus formas de subsistencia. Ellos, descendientes directos de culturas cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, merecen nuestro respeto y necesitan de nuestro apoyo.

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