Columna/Análisis / Juan Ignacio Ortiz R. editor
general Pingüino Multimedia
Son justamente los antes
descritos, aquellos que usted ni yo queremos ver en los votos. Porque son esos
mismos quienes han perjudicado notoriamente la política y han aburrido al
electorado, provocando apatía y alta abstención.
No es posible encontrarnos con
candidatos que han pasado por más numerosos partidos, desde la izquierda a la
derecha o viceversa. Son los acusados de travestismo político, porque hoy se
visten con las mismas ropas que hace menos de una década renegaban.
Por ejemplo, no es posible que
haya personajes que hoy están con Marco Enríquez-Ominami (MEO) y que en algún
momento de sus vidas hayan sido altas autoridades de la UDI, con pasado como
militantes de la Izquierda Cristiana y que en otras etapas hayan apoyado a
Andrés Velasco o Franco Parisi. Son los mismos que hoy ostentan un cargo al que
llegaron postulando por la derecha, pero que ahora van por el PRO. ¿Qué
consecuencia tienen? Ninguna. ¿Para dónde van? Nadie sabe, porque en sus vidas
zigzaguean. ¿Qué ideología pregonan? Ni siquiera las conocen.
También es vergonzoso
encontrarse con aquellos que dicen que van a votar por Alejandro Guillier y a
la primera oferta para ir de candidato por un partido que apoya a otro
presidenciable se sientan a negociar. O los mismos que por acomodar a un
pariente en otra candidatura hoy salgan respaldando a un abanderado de un
conglomerado al que han denostado públicamente por más de una década.
¿Los entiende usted estimado
lector?
Yo, no. A ellos no les voy a dar
el voto el próximo 19 de noviembre, porque yo prefiero la consecuencia.
Prefiero a aquellos que siempre han sido rojos o a los que han sido azules y
mueren como rojos o azules y no andan con medias tintas.
En política, la inconsecuencia
es sinónimo de deslealtad y de falta de respeto con su propio electorado.
No, señor. Eso no se hace. No se
juega con la gente. Lo peor, que hay muchos de esos que se convierten en
operadores políticos y que viven de aquello. De instalar a los suyos, de
negociar a espaldas de… Y que son capaces hasta de comercializar a su madre.
Sabía usted que en la pasada
elección de consejeros regionales hubo algunos que ni siquiera pudieron votar
por ellos mismos, porque se encontraban a 500 kilómetros de distancia. Para
estas elecciones ya hay algunos anuncios que avergüenzan.
Pero, esto no es novedoso. Ha
existido siempre, pero ¿qué es lo que lleva a un dirigente político a cambiarse
de ropaje electoral?
Llega a ser vergonzoso cuando
son altas autoridades quienes incurren en esto. La predisposición humana para
realinearse sin pruritos detrás de un objetivo al que el día antes se había
defenestrado es vieja y existe en todos los ámbitos de la vida. Esto es fruto
de la codicia de poder y del dinero. Ellos son los arribistas de la política,
quienes se encaraman rápidamente en candidaturas para las que no han hecho
ningún mérito. La carrera política, abierta a todos quienes quieren
comprometerse con la cosa pública, se ha ido degradando.
En definitiva, toda esta
situación nos habla claramente de la crisis de los partidos políticos en Chile.
Hoy, varios que renegaron de los partidos se adscriben a ellos y aparecen en
las papeletas porque la ley los obliga.
¿Usted votaría por ellos? Yo no.
Lo invito a no equivocarse.