Las
opiniones políticas que tapizan nuestro ambiente temporal inmediato se
caracterizan por utilizar ciertos términos y vocablos que al final de
tanto repetirlos junto con argumentos vacíos, no transmiten nada o se
transforman en consabidos lugares comunes.
A
veces incluso la generosidad y el esfuerzo por recoger lo sustancioso
de algunas opiniones se vuelven una tarea imposible. Como cuando se
escucha hablar a algunos colegas con tono doctoral sobre la realidad
política y no se dice nada medianamente diferente a lo que cualquier
abogado podría opinar.
Obviamente
que cada persona es libre de opinar lo que estime conveniente, dentro
de los márgenes de la mínima decencia y dignidad de las personas, pero
otro cantar es opinar para interpretar la realidad y hacerlo sin aportar
nada nuevo, creativo o mínimamente imaginativo para acercarse siquiera a
un mínimo aporte para el debate e intercambio de ideas.
Pero
yendo más al fondo, es misérrimo cómo los opinólogos, candidatos,
comentaristas y otros oficios afines hacen uso y abuso de algunos
términos que debiesen ser utilizados con respeto, mesura y delicadeza a
la hora de pretender comunicar.
Solo
por citar algunos: las palabras “patria” o “Chile” pareciera que fuesen
propiedad de un determinado sector amante y viudo del autoritarismo que
se ha enjuagado la boca con ellas hasta el cansancio, no considerando
que la patria es algo más profundo que dice relación con un sentido y
alma que nos cobije y proteja a todos y todas.
En
este mismo sentido pareciera que el nombre “Chile” fuese de todos y de
nadie, si hasta las autoridades políticas hablan de “este país”, en
lugar de “nuestro país”; mal que mal es el único que tenemos. Por otro
lado, hasta un banco lleva el nombre de Chile, por lo que no sería malo
delimitar su uso ad-portas de los temas a tratar en la debutante
Comisión Constituyente.
Otro
término que ha servido de materia prima para coloridos discursos ha
sido el de “dignidad”, que se ha vuelto una palabra de uso habitual. Sin
embargo tiene un significado impreciso, más aúun cuando se abusa de
ella o se la incorpora a una suerte de derechos de la personalidad de un
solo sector político. Lo cierto es que este término tiene un calado
profundo que dice relación con el respeto a los demás, a prestarles
atención y deferencia porque reconocemos que las otras personas tienen
valor. Como así mismo su profundidad dice relación con el autorrespeto,
el que puede verse vulnerado o violentado ante las carencias de ciertas
condiciones mínimas o bienes básicos que nos permitan apreciar, hacer
uso y goce de nuestra libertad. Si las personas pierden el autorrespeto,
pueden llegar fácilmente a la conclusión de que la libertad y la
democracia no les sirven de nada, abriéndoles las puertas a movimientos
populistas que normalmente utilizan para sus propósitos a ideologías
huéspedes que pueden ser de izquierdas o derechas.
Pero
dignidad también implica un sentido grande de responsabilidad para no
dañarla gravemente, perdiendo el control, porque si se mancha o tiñe
obscenamente de violencia, saqueo, vandalismo y conductas policiales
lesionadoras se pierde la preciada capacidad y expresión pacífica de reclamar derechos que definen y son parte de la dignidad humana.
Podemos
discutir sobre dignidad, pero lo cierto es que esta no tiene dueños ni
precios, tanto así que hace resistente a las personas frente a los
fanatismos.