(Los) unos y (los) otros

Unos
y otros. Varias veces en algunos breves textos me he referido a que uno
es nada o nadie sin el otro, que uno se completa con el otro, con el
tú, con el prójimo, con quien está a la vera nuestra. Y viceversa, el
otro, el prójimo, el tú se completa con el yo, con el uno, y de este
modo construimos nostridad.

Así,
no es concebible el uno sin el otro. Tal aislamiento, tal
encapsulamiento, tales posibles vivencias no alcanzan dimensión cabal;
el uno es con el otro, ni más ni menos. Entonces, raya para la suma, no
puede existir el uno sin el otro, no es posible dar espacio a ninguneos,
a invisibilizaciones.

El
uno es con el otro. La esencia vital de uno toma forma, no física, y
quizás, si no es en consideración al existir del otro, de sus ideas, de
sus pensamientos, de su conocimiento, de sus afectos, de sus
sentimientos, de sus valores. Y no se trata de asumirlas todas, sino de
aprehenderlas, considerarlas y de armonizarlas a valores, sentimientos,
afectos, conocimientos y pensamientos propios, y así se consolidarán en
equilibrio y armonía netos.

Y
todo lo reseñado recién tiene idéntico camino de reversa, se repite
todo, pues desde la perspectiva del otro, este se hace uno con las
vivencias mayores y menores de su semejante.

No puede existir el uno sin el otro. La negación del otro afecta la existencia de uno.

La
alteridad, la otredad y la empatía, en distintas áreas del ser y del
existir, de igual modo se encuentran, se despliegan y hacen la pega.

La
empatía, por la capacidad para ponerse en el lugar del otro,
percibiendo, reconociendo y comprendiendo sus emociones, sino la
felicidad, sino el sufrimiento. No se trata de razonar, sino de
reaccionar de manera inmediata e inconsciente, y así ser partícipes de
manera afectiva en la situación de otro.

La
otredad deviene de otro, y este de alter, “el otro entre dos”, y es
básicamente definida como la condición de ser otro; la otredad nos
brinda la posibilidad de poder coexistir entre todos y animar el
crecimiento de cada individuo, reconociéndonos como diferentes. La
otredad es la presencia de otro que se me presenta en su diferencia y
que, en general, me extraña, me necesita. Situaciones prácticas que
ejemplifican la otredad las hallamos en la diversidad cultural o más, en
aquellas que evidencian contrastes mayores como el choque cultural. No
obstante, es posible coexistir entre todos.

La
alteridad deriva etimológicamente del latín alteritas, y significa
“cualidad de ser otro”. La alteridad admite la identidad propia, al
mismo tiempo que supone oposición entre el uno y el otro, o un no yo.
Sin embargo, la alteridad suele vincularse con un otro al que yo le
construyo su diferencia; es la alterización como construcción de una
diferencia que yo construyo y que me sirve para saber quién soy yo y
para marcar una distancia entre el yo y el tú que construyo (esto se
hace habitualmente en el discurso). Se concibe al otro a partir, por
ejemplo, de las categorías de raza, etnia, color, etc., que el yo ha
construido. La alteridad tiene que ver más con el afán de diferenciarme
del otro y para ello lo construyo como totalmente distinto de mí. Claro
está, para realizar esto, se debe estar en una posición de poder.

Las
tres coexisten, cohabitan en nuestro yo, desde nuestra individualidad, y
pugnan, vaya que pugnan en la cohabitación del uno con el otro. Nos son
necesarias para la afirmación del yo, para establecer diferencias con
el otro, pero para la construcción de una comunidad no hay que
estacionarse en una, de modo férreo; la otredad, la alteridad son
necesarias en justa medida para posicionar la empatía.

(Los) unos y (los) otros. ¡Unos y otros! Ni uno ni otro: ¡ambos! ¡Los dos! Capisci?

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