Magallanes en mi memoria

Hace tres años inicié el
viaje de recorrer cada rincón de nuestra región. No es que no la
conociera, como magallánico y explorador aventurero, ya acumulaba muchos
kilómetros patagónicos en el cuerpo. Pero este viaje es distinto, ya
que es bajo la mirada analítica, tanto en lo económico como social. Es
así como he realizado todos los esfuerzos para contactarme con los
habitantes de Magallanes para conocer en terreno sus anhelos y
dificultades, aportando siempre una palabra de aliento, y en la medida
de lo posible, una solución.

A
pesar de la tremenda desconfianza hacia los políticos, las personas me
han recibido con renovada esperanza. Más de algún “antiguo” se recordaba
del niño scout que fui, montando a caballo en Tierra del Fuego o
caminando con mi mochila por distintos parajes… en esos años cuando los
trekkers o montañistas aún éramos considerados bichos raros.

Entre
tantas memorias, recuerdo mi visita previa a la pandemia a Puerto Toro,
último poblado “centollero” antes de la Antártica. Ahí compartí algunos
días con los carabineros, marinos y civiles que lo habitan. No olvido
mi conversación con Leslie, Gisela, Victoria y Jesús… jóvenes y
abnegados pobladores que solo tienen luz eléctrica por generador durante
la época escolar, porque este se corta durante las vacaciones de verano
e invierno con los consiguientes problemas de mantención de los
alimentos o funcionamiento de aparatos eléctricos. El colegio acoge a
sus hijos que asisten a clases de 1° a 8° básico, ya que solo hay una
sola profesora, sin posibilidad de educación parvularia para los niños
más pequeños. También, recuerdo a las familias de los carabineros Cea,
Valenzuela o Alarcón, que amablemente me permitían bañarme en sus casas
para finalmente disfrutar ricas onces en familia: pancito amasado que
después había que quemar con una pichanga en el gimnasio del colegio
(que por cierto no tiene calefacción) o con una caminata a las
castoreras que inundan el bosque nativo o tratando de atrapar una
truchita del lago Navarino. El ferry llega solo una vez al mes cargado
de víveres desde Puerto Williams. Por suerte, la lancha rápida de la
Armada viene una vez a la semana al poblado, lo cual quiebra la soledad
del lugar. Lamentablemente, la burocracia estatal también ahoga a las
pocos civiles que viven allá, exigiéndoles documentación que no es
posible obtener desde el municipio para autorizar el corte de leña por
CONAF. Por otro lado, y a pesar de lo apartado de Puerto Toro, no
fallaban los turistas que llegaban en sus veleros, aportando alegría y
una incipiente fuente de ingresos. Puerto Toro es una joyita de
Magallanes y hogar de unas pocas familias que hacen patria.

Como
Gobernador, cada uno de los habitantes de Magallanes estará presente en
mis pensamientos y esfuerzos de mi labor. Tengo buena memoria y yo no
me olvidaré.

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