Por
el momento, se habla poco en los medios de comunicación, ya que no es
considerada una noticia relevante. Para que esto ocurra, deben darse las
condiciones que requiere el espectáculo al que pronto vamos asistir,
con la debida la excitación, ansiedad y morbo. Aún no hemos llegado a
esa etapa, pero no cabe duda que dentro de unos días estaremos allí. Los
mercaderes de noticias tratarán entonces de captar la atención del
telespectador pasivo, mediante esa estratagema tan manoseada que sirve
para todo evento, para que la tele pueda embaucarnos hasta que lleguemos
a sentir consternación y pena, haciéndonos reaccionar contra tanta
injusticia, empatizar con las víctimas e indignarnos con lo que está
pasando. Y ante nuestros ojos incrédulos, veremos desfilar las imágenes
trágicas, mezcladas con el nuevo detergente, el crédito de la financiera
y el plasma gigante, lo que es, finalmente, el objetivo terminal de
este cuento que nos llega empaquetado en matinales y “prime time”.
Querámoslo o no, en nuestros medios de comunicación (cada vez más
pobres) la información es únicamente el soporte del marketing y muchos
periodistas (cada vez más numerosos) los mercachifles de la baratija.
Suelo conversar con gente que, por estas razones y por varias otras, ha
dejado de mirar los noticieros; algunos para buscar en otras fuentes una
mejor información, otros para alejarse del todo de la actualidad, los
últimos, para “informarse” — ¡osadía y ceguera a la vez!—a través de las
redes sociales.
La
hambruna, si no es acompañada de cadáveres esqueléticos y niños
famélicos con moscas que pululan alrededor de sus ojos, no constituye
noticia. ¡No! se necesita más, bastante más. Es al ver las imágenes
“impactantes y conmovedoras”, cuando aparece el enviado especial con el
despacho en directo reporteando el “evento”, desprovisto de todo libreto
y, dejando traslucir su más absoluta ignorancia; es solo ahí, cuando
cambiamos el canal de la teleserie para colgarnos —ávidos y ansiosos— de
los acontecimientos “de otras partes del mundo”. Sucede lo mismo con la
guerra, transmitida también en directo, pero solo al comienzo, porque
diera la impresión que los muertos cuentan poco después de unos días, y
volvemos nuevamente a la teleserie. Contrariamente a lo que ocurre con
la hambruna —donde no es fácil encontrar a los “buenos” y condenar a los
“malos”—, con la guerra escogemos nuestros aliados (o nos ayudan a
hacerlo…). Nos abanderizamos y empezamos a transmitir, casi sin darnos
cuenta, algunos mensajes de escoria inútil, cargados de dañina
ideología. Sabiendo poco y nada de los acontecimientos, el reportero de
la tele nos lo explica latamente todo, hasta con cara atormentada. Y ahí
sí que entramos en la noticia; la tecnología se encarga de hacer el
resto, enviándonos imágenes destinadas a corroborar lo afirmado por el
periodista.
Dentro
del marco de una economía globalizada, con distribuciones de roles por
zonas y continentes, la guerra de agresión a Ucrania provocará
rápidamente una masiva hambruna, con muchísimas muertes, en países que
nada han tenido que ver con este conflicto. El trigo para el pan —que es
la vida de millones— junto a muchos cereales, hoy se pudre en los
puertos ucranianos, sin poder ser exportados. Como ese país es un
importante productor de granos y fertilizantes, los países importadores
sufrirán pronto los efectos de la guerra. Esto se sabe desde marzo, por
lo menos. Los llamados de la FAO, la U.E., la Unión Africana y de
numerosas agencias, no han logrado que Rusia detenga los bombardeos que
impiden a los barcos cargar los cereales que se necesitan a corto plazo,
para evitar la hambruna de millones de personas. Un chantaje más,
dentro de una guerra con tendencia a prolongarse y extenderse hacia
otras zonas y países. El riesgo inminente de catástrofe humanitaria es
hoy; mañana será tarde para reaccionar. Ante esto ¿no será acaso urgente
pensar una nueva forma de manejar la agricultura y la economía
planetaria? Este verano ha sido el más caluroso de todos en Europa. Nos
estamos quedando sin agua y el sol nos seca. Las charlas y cumbres
climáticas no son suficientes. ¿Podrán seguir acaso esperando nuestros
hijos y nietos a que cambie el modelo de desarrollo del que depende
nuestra propia sobrevivencia?