Mandela: se busca

Cuando
visité por primera vez el Cabo de Buena Esperanza, me detuve en una
oficina de correos, de donde envié una postal a mi viejo profesor de
geografía, Santiago Ghirardelli. Le recordé sus clases y los mapas
desgastados que solía colgar de un clavo, por encima de la pizarra. Sé
que la recibió poco antes de su muerte. Corría el año 1995 y, por
entonces Sudáfrica vivía el período más rico de su historia. Las
liberaciones de ese tipo huelen a jacarandás primaverales y los cantos
se escuchaban por calles y aldeas de ladrillos ocres. Nelson Mandela
había asumido un año antes y el régimen de apartheid, ya abolido
legalmente, daba sus últimos suspiros. Los nativos xhosas o Zulús se
atrevían a caminar por la misma acera de los blancos y Soweto era un
suburbio efervescente, repleto de magníficos eventos.

Conscientes
de la necesidad de sanar heridas para poder proyectarse como una nueva
nación de negros, blancos, indios y mestizos, se iniciaban los trabajos
—valientes y generosos— de la Comisión de Verdad y Reconciliación,
presidida por Desmond Tutu. Ésta no era solo una contribución a la
memoria colectiva, sino el engendro de un camino de esperanza para esa
inmensa y diversificada nación que había vivido dividida. Lo más fácil,
probablemente, era que la Convención Constitucional, creada ese año,
hubiese previsto un Estado plurinacional, reconociendo la
autodeterminación de etnias tan diversas como “apartadas” entre sí.
Pero, el partido del Congreso Nacional Africano (ANC) optó por una sola
nación, una república, un Estado unitario, donde la democracia comenzaba
poco a alcanzar sentido, para que esta vez cupieran todos dentro de un
solo país, sin distinguir etnias ni razas. ”Nosotros, el pueblo de
Sudáfrica… Creemos que Sudáfrica pertenece a todo el que vive en ella,
unidos en nuestra diversidad” dice el preámbulo de la Constitución
aprobada en 1996. Atrás quedaba la segregación con sus tres parlamentos,
uno para blancos, otro para la gente de color, y el tercero para
indios. Multipartidismo, descentralización, igualdad ante la ley,
separación de los poderes, reconocimiento de lenguas y culturas dentro
de una sola nación y un Estado unitario… Un sueño en pro de la igualdad
se materializaba.

Seguí
viajando a ese país durante dos años, de domingo a sábado, casi una vez
por mes, y pude observar la primera fase de su evolución post
apartheid. Mandela gobernó con la autoridad moral que le conferían sus
credenciales políticas y humanas, con la prudencia de quien no contaba
con una correlación de fuerzas tan favorable para hacer todos los
cambios deseados, y con la sabiduría que le dio el sufrimiento del
prisionero y la experiencia de la acción. Su generosidad fue a toda
prueba, su lectura y comprensión de la historia permitió que gran parte
de la minoría blanca se quedara en el país, que la reconciliación, tan
difícil de lograr, pudiera avanzar lo suficiente para darle viabilidad a
su administración, y para que, progresivamente, las heridas producidas
por la humillación a la mayoría negra, comenzaran a sanar.

Evoco
hoy este país, porque estimo que hay lecciones en el mundo que
merecerían ser asimiladas. Cuán difícil debe ser deshacerse de un
sistema colonial excluyente, dirigido por blancos minoritarios, donde la
discriminación fue la regla institucional cotidiana y fundar un Estado
que agrupe a las mayorías discriminadas e integre a esos mismos blancos,
permitiéndoles gozar de los derechos ciudadanos que por décadas negaron
a los otros. “Una persona un voto” establece el principio, y Madiba,
como solían llamar a Mandela, logró imponerlo en su partido (no sin
dificultades) y en toda la nación.

Me
pregunto qué hubiera pensado Mandela de tanto ánimo de venganza,
separación étnica, revisión histórica, proclamas por autodeterminaciones
y refundaciones, que se advierten en algunos sectores de este Chile que
pareciera caminar con una venda en los ojos. Cuánta falta nos haría hoy
inspirarnos del ejemplo de aquel anciano sabio. Porque en nuestras
calles y aulas no se escuchan cantos de paz y justicia que anuncien un
nuevo tiempo, sino descalificaciones e insultos. Tampoco se siente el
olor a flor en primavera, sino a pólvora, a lacrimógenas, a quemas y, en
ciertas ocasiones, a mucha mierda.

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